27 oct. 2016

El mal del miedo

Creer que el miedo es un rival pendenciero
Es un error garrafal, embustero,
Una falacia de la sociedad de sombrero,
Un molino quijotesco, la espuela del vaquero

Luchar contra el miedo es cerrar un ojo
A la libertad echarle el cerrojo
Hacer del alma un simple rastrojo.


El miedo es luz, enaltece al ser,
Un abrazo pererne al amanecer
Un te quiero que desea florecer…
Un musa a mi parecer

Lo usan las religiones como serpiente
Los políticos como discurso recurrente
¡Nos han martirizado literalmente!

Aceptar el miedo no te hace grande ni pequeño
Te hace conectar con tu sueño,
¡No frunzas el ceño!

Vive el miedo como vives la vida,
Como brebaje del druida
¡El miedo es afirmación, no huida!

26 oct. 2016

Renacer entre rimas y respuestas

Camino por el camino de mi vida
Descalzo y con heridas
Esta es mi ley asumida
Ser en todas mis piezas bendecidas.

Soy semen de la esencia
Me deslizo como río de manantial
Del águila soy su paciencia
Del sol su danza tribal.

Escribo cada palabra del poema
Como soneto a mi oda
Voy viendo la luz de mi lema
La luz de cristal me acomoda.

Me trago las piedras de la envidia
Sangro todo aquello que envenena
Me presento a los demás como toro de lidia
Mi corazón ahora sí drena.

Ante mí, cerquita, hay un paisaje renovado
Con su bondad y maldad, egoísta y altruista
Montañas de retos jugando a ser océano calmado
Ofrendas de la Madre que me mostró un monje budista.

No habrá al mediodía más ilusiones rotas
No habrá cuchillo descuartizando seres vivos
No habrá cobijo para carnes rojas e infinitas gotas
No habrá por mi mente delitos masivos.

No me busques de nuevo en cada esquina
Tengo los pies listos para una balada
Las caderas se despiden de la rutina
Mis ojos oscuros son luz en la historia acabada.

Nueva es mi garganta, mi voz y mi barba
Nueva es la caída que espera
Nueva es la arena que mi mirada escarba
Nuevo el espejo que una vez deseé se rompiera.

Mi vieja sábana de franela yace en la tierra
Mi viejo libro de sociales ya no vale
Mi vieja sombra de ciprés ya no es mi guerra

Mi viejo cajón de vaqueros de plástico ya no sobresale.

21 oct. 2016

Equipaso

A veces los hijos empiezan los días más conectados a la Naturaleza de lo que quisiéramos como padres urbanos. Yago y Gael después de abrazarse, que siempre es lo primero, saltaron en la cama, jugaron como monos... y Carmen pensó en uno de los valores más importantes que les hemos inculcado: El trabajo en equipo. Soy muy futbolero y desde que Yago empezó a jugar con una pelota, le intento transmitir lo bueno del fútbol. Con Gael y sus queridos dos años aunque él dice que tiene más, hago lo mismo. Si uno de los cuatro derrama agua por la mesa, nos organizamos rápidamente sin pararnos en culpas y luego unimos las manos. Si uno se cae, ahí estamos todos. Un partido lo gana o pierde el conjunto de personas, no una sola.

Bueno, que me dejo fuera lo que iba contando del inicio del ritual. Carmen les dijo:  Unimos las manos como equipo? Lo consiguieron. Se repartieron las tareas y se fueron al cole. Otro día, llegué temprano para vestirlos y cuando uno de los dos me dijo Unimos las manos? Me quedé a cuadritos. Las unimos y dijimos E QUI PA SO.

En el lenguaje familiar siempre ha estado el concepto equipo pero no lo habíamos convertido en ritual. Ahora lo usamos después de resolver un conflicto o como herramienta para conseguirlo o para agradecer el apoyo de los otros. Uno de los momentos que más veces unimos las manos es cuando vamos de paseo. Ellos en bici y yo andando, ellos cada uno a su ritmo y yo de puente. Cuando hacemos descanso nos animamos con un E QUI PA SO.

2 oct. 2016

Tiempo de Hem o de Haw

Ya. Es una idea descabellada para cualquiera que me conozca, incluso para mí porque tengo metido en la cabeza un Yo no puedo solo como la Catedral de Sevilla.
Muros más altos han caído.

El camino de Santiago puede ser el lugar ideal como escenario de una etapa de mi búsqueda de queso. No visualizo nada más potente que verme solo en un lugar desconocido en el que decidir simplemente escuchándome e ir matando mis miedos.

A priori me digo "haz como Haw" y quédate en tu zona de seguridad. Desde ahí también puedes encontrar queso. Apóyate en, apóyate en y llegarás a tu queso nuevo. O me digo a mi mismo que eso es solo un libro, que la realidad es otra cosa.
Si vuelvo derrotado qué. A ponerme excusas, a echar la culpa a otros... no, gracias. No quiero verme en eso.

¿Pero y si hago caso a Hem y vuelvo victorioso? (Aquí hay un vacío en mi mente que dura minutos). Ni visualizarlo soy capaz. Ni rellenar con letras este espacio para que sea un párrafo extenso.
No hay que mortificarse. Roma no se construyó en un día.

La idea ahora mismo es ver en Internet las distintas etapas que podría hacer, escucharme e ir a por la ruta elegida, dar vueltas a cómo le digo a Yago y Gael que me voy de viaje sin ellos, buscar fecha, financiación y decidir un orden de acción para todo esto.
No es definitivo, solo una idea. Si siento que no, será que no.

No se puede saber el final de un libro en las primeras páginas.

30 sept. 2016

El queso de mi vida

Siempre antes de comer y de escribir me lavo las manos y me pongo algo blanco de ropa. Esta vez no es distinto. Como se hacía antes, primero lo he pasado a papel y boli y ahora a compartirlo contigo quien quiera que sea quien esté juntando estas letras y palabras.

¡Quién se ha llevado mi queso! Un libro que no sé ni cuándo ni cómo ni por qué ha llegado a mi casa y te digo que es lo de menos por todo lo que me está enseñando. Para mí era un cuento infantil que leía a Yago y Gael antes de dormir pero… equilicuá, es un libro de autoayuda que describe mi momento. Ahí va un posible resumen de este hallazgo.

Erase una vez un país lejano en el que había cuatro habitantes: Escurridizo, Fisgón, Hem y Haw. Tenían delante de sus casas un laberinto que recorrían cada mañana en busca de comida. Alguien había puesto queso en algún lugar del laberinto. Se calzaban sus zapatillas y se adentraban por parejas. Los ratones, Fisgón y Escurridizo, utilizaban el sencillo método de tanteo para encontrar el queso. Recorrían un pasadizo y, si lo encontraban vacío, se daban media vuelta y recorrían otro. Recordaban los pasadizos donde no había queso y, de ese modo, pronto empezaron a explorar nuevas zonas.  Fisgón utilizaba su magnífica nariz para husmear la dirección general de donde procedía el olor del queso, mientras que Escurridizo se lanzaba hacia delante. Se perdieron más de una vez, como no podía ser de otro modo; seguían direcciones equivocadas y a menudo tropezaban con las paredes. Pero al cabo de un tiempo encontraban el camino al queso de la estación quesera C.  Hem y Haw, los dos personajes (como los llama Yago), también utilizaban su capacidad para pensar y aprender de experiencias del pasado.  A veces les salía bien, pero en otras ocasiones se dejaban dominar por sus poderosas convicciones y emociones humanas, que nublaban su forma de ver las cosas. Eso hacía que la vida en el laberinto fuese mucho más complicada y desafiante. Así es la vida en sociedad.


Pero llegó el día. El día que los ratones sabían que iba a llegar. La estación quesera C estaba vacía.  Se les acabó el queso y no se hicieron preguntas. Fueron a por otro y lo encontraron. El queso nuevo era más voluminoso que el queso viejo y siguieron haciendo lo mismo. Lo cuidaron porque sabían que algún día se acabaría.

Hem y Haw confiaban en tener queso allí siempre pero llegó ese día. El día. Se acabó el queso eterno y se enfadaron. Mucho y mucho tiempo. Hasta que un día Hem se dio cuenta de que su presente había cambiado, ese queso no volvería. Si querían comer, tendrían que ir a por él. Intentó convencer a su amigo de que debían hacer algo pero Haw lo tenía claro: Su queso se lo merecía por el esfuerzo que le había costado tenerlo y el queso volvería. Él no se iba a adentrar en el laberinto, tenía miedo de lo que hubiera por el camino, tenía miedo de que ya no volviera a haber queso para él.

Entonces Hem comenzó su búsqueda de queso nuevo. Tenía sus miedos, sus dudas y sus preguntas sin responder pero él fue al laberinto. Fue aprendiendo cosas, le fue dejando frases y flechas a Haw por si salía de la vacía estación quesera C y para él por si quería volver. Vio que si se visualizaba con el queso más cerca lo tenía. Seguía sin su alimento pero tenía energía para seguir. Entonces llegó a la estación quesera E. Había poco queso pero le dio lo justo para seguir con vida por el laberinto. Entonces retrocedió hasta llegar a Haw y ofrecerle parte del queso que había hallado. Pero Haw no quería salir de su cómoda y vacía estación quesera C. Hem siguió y siguió escribiendo en las paredes del laberinto frases y flechas para Haw y para él.

Llegó a la estación quesera N donde había mucho más queso que en la anterior y donde ya estaban Fisgón y escurridizo. Lo disfrutó, lo cuidó y fue a buscar más por el laberinto en previsión de que se acabara ese queso nuevo. A veces pensó si algún día llegaría Haw al queso nuevo. Un libro con final abierto.

Ahora me toca. He visto el queso desaparecer y no sé con qué energía me voy adentrando en el laberinto con personas que no conozco a las que abrirme, con situaciones que antes no resolvía y ahora estoy aprendiendo a resolver, con la consciencia de que el futuro es el queso, sí, pero no sé dónde está ni que forma tiene. Solo sé que Hem pudo y yo también. Por lo que he visto en la red, cada uno de los cuatro personajes representa partes de nuestra personalidad pero es que no soy borregista y lo veo más como actitudes que debemos decidir ante un problema. Sería fácil hacer de Hem pero creo que así el queso no llegará. Prefiero ser ahora y sé que quiero ser Haw. Pase lo que pase, voy a poner toda mi forma de ver el mundo para hallar el queso nuevo.

¿Y tú? ¿Te quedarás esperando a que vuelva a ser como antes o aceptarás el cambio? Pondrás delante de ti un espejo o la foto de otro? ¿aceptas que el futuro no existe si no das pasos en el presente?

21 jul. 2016

Cielo infinto

Empezó su recorrido desde la frente una gota sin saber por qué. Estaba con la mirada en el infinito y nunca pensé que el infinito me llevaría al cielo. Paseaba tranquilamente, por el parque La primavera. Cada jardín era un sinfín de olores que me abstraían de la realidad ruidosa. De pronto, vi una mujer que caminaba elegante, moviendo sus fuertes y redondeadas nalgas por separado, con un balanceo sugerente y pasos cortos. Irresistible en ese ambiente que mi imaginación había creado. Llevaba sandalias de cuero, sus piernas eran delgaditas, una falda corta de Lunaresylimones de color verde con un elefante en el centro, una camiseta del mismo color con tirantas blancas, ojos verdes como la hierba, como la menta, como de los sesenta.

Al pasar, le pregunté la hora. No la recuerdo, su voz dulce y alocada, madura y atractiva, no me dejaba dsintiguir palabras. No nos dijimos los nombres. Solo nuestros ojos fueron capaces de encontrarse en el infinito que estabamos creando. La gota que yo tenía en la frente llegó a los ojos. Ella lentamente alzó su brazo, inclinó hacia mí su cuerpo y con sus dedos rodeó mi cara despacito hasta secar esa gota. Mi cuerpo se fue endureciendo hasta el punto de que mis vaqueros se me quedaron pequeños. Mi único pensamiento era ella, la sensación de su tacto, el misterio de su acción. Ella parecia estar igual. Sus hombros se humedecieron, dos detalles de su camiseta se disfrazaron de acento. Unimos las manos y anduvimos hacia el infinito, suponía yo. Se acabó el parque, las calles contiguas, el calor del sol y empezó la noche, la luna llena, el silencio de la ciudad.

Sacó unas llaves y abrió la cancela de su casa. Un pequeño porche y ya estábamos en la puerta. Me hizo entrar. Dejamos las sandalias, me colocó un pañuelo oscuro en los ojos con delicadeza y se fue unos minutos eternos. Escuché una puerta, encender el termo y una cascada de agua. Las infintas posiblidades que en mi mente se dispararon fueron cortadas por el silencio. Me abrazó por la espalda. Sentí su respiración pausada en mi cuello, sus pezones recorrían de lado a lado mis hombros. Sus manos empezaron a conectar con mis caderas, subieron hasta acariciar mis orejas, mis cejas, mi pelo. Yo inmóvil, no quise interrumpirla aunque mi deseo era gozar sus labios a través de mis dedos. Un sshhh suyo  me relajó. Bajó la cremallera con la boca mientras sus manos palpaban mis testículos. Me levantó las piernas para quitarme el pantalón. Su lengua recorrió mis tobillos, mis gemelos, mis rodillas, mis muslos y durante un tiempo infinito suboreó  mi pene en toda su longitud. Paré antes de eyacular, la sorprendí y aproveché el momento para tomar las riendas de la escena. Me quité el nudo del pañuelo, la levanté suavemente y la puse contra la pared. Mis dedos fueron tomando su cuerpo. Apreté su cabello hacia atrás descargando mi fuerza. Acaricié su rostro ladeándolo a la izquierda. Nos miramos fijamente. Con el pañuelo le até las manos y desaparecí. Mis pies iban solos a la cocina y allí estaban un cubitos. Abrí el congelador y lo cerré. Volví y ella seguía contra la pared, arqueada. Seguí sorprendiendola, no los usé seguidamente. Con la punta de la nariz fuí como un remolino infinito subiendo por sus piernas, parandome en las rodillas, lamiendo sus gemelos, apretando sus muslos, respirando sobre el monte de venus, donde habitaba su cielo resbaladizo, intruduje un dedo hasta el fondo, luego mi lengua tocó el techo del cielo y salió rápido. Por las ingles mis dedos jugaron, hicieron el camino hasta sus cachetes, los besé y recorrí con la nariz el espacio entre ellos. No fui capaz de no subir por el paisaje de su cuerpo. Me coloqué entre la pared y ella. Le di moridisquitos en los pezones y acaricié muy lentamente sus aureolas. Luego, mis labios se unieron a los suyos, nuestras lenguas fueron nuestras almas, pegué su cuerpo al mío. Sentí como propio el calor de cada parte de su cuerpo unos instantes. Se separó, la desaté y nos fuimos a la cocina. Se subio a la encimera. Cogí un hielo y con la boca se lo fui refrescando su piel mientras ella apretaba mi espalda. Se derritió el cubito por completo cuando ya había degustado todo. Puso sus manos en mis hombros, se bajó y se dispuso para que la penetrara por atrás. A la velocidad de un  reloj de arena lo fui haciendo hasta llenar su cielo. Me paré, nos sentimos completamente y llegó la tormenta desde el cielo a la tierra y de la tierra al cielo.

Nos reimos a carcajadas estando ya sin fuerzas y así me fui a por ropa para seguir paseando en soledad hacia el infinito.