21 mar. 2010

El hombre de la piedra redonda

Un hombre condenao de por vía
a subí por la montaña una piedra...
un fuerte, valiente y sabio dejando abajo
su gente, su ropa, su vía.

Va rodando su piedra redonda,
va viendo la vía en sírculos...
el levantá suave y paseo elegante de la luna,
el ciclo de vía del cultivo,
el Hombre nasiendo, muriendo y resusitando.

Nunca llegará a la sima,
pues ya está en ella.

5 mar. 2010

El juego del ascensor

El ascensor, ese pequeño habitáculo en el que suceden hechos misteriosos. ¿Se han parado a pensar en lo complicado que somos cuando entramos en él? ¿por qué es más fácil ocupar el espacio cuando hay cuatro personas en vez de tres?

Si estamos dos personas, esperando a que llegue el gran momento de ubicarse, todo es sencillo, con un simple “pase usted primero” o directamente esperar a que pase el otro, como si fueramos un guardaespaldas es bastante, pues cada uno se pone en un lado y punto, previo paso por los botones. Uy, los botones, qué tendrán que nos emboban ya sean antiguos, modernos, quemados, relucientes... da igual, cuando se cierra la puerta, los dos a mirarlo.

Si estamos cuatro, también es sencilla la operación. “Vayan pasando al fondo” parece que dice una voz en off, y uno a uno, nos colocamos (como si estuvieramos en el hundimiento del Titanic) primero niños y mujeres, y luego lo sobrante, como un engranaje: el primero al fondo a la izquierda, el segundo a su derecha, cuando llega el tercero se rota y el primero da un paso al frente y el segundo lo hace lateralmente, ocupando su anterior sitio el nuevo ocupante. El último lo tiene sencillo, solo tiene un hueco. Pero todos estamos tan centrados en no quedarnos fuera que se nos olvida tocar el botón. Puede que el último, que lo tiene al lado, le de al suyo y listo, o puede que pregunte a los demás, o cada uno lo intente a su manera, librándose una batalla absurda por ser el primero el tocar. Como cuando éramos pequeños y jugábamos al esconder entre amigos, o al Un, dos, tres, pollito inglés. Todos apretados y sin hablar, nofuera a quedarse el ascensor parado y necesitemos oxígeno.

Si estamos tres, la cosa se pone chunga. Cuando se ve que va a llegar a abrirse el ascensor, hay que tomar posición para no ser el segundo, que tiene la decisión más importante. El primero, va al fondo y ladea según vea venir al segundo, que durante unos segundos no decide si derecha o izquierda, adelante o atrás. Yo, cuando soy el segundo, lo que hago es colocarme frente a los hipnotizadores botones para disfrutar de lo divertido de ver cambiar los números u oir el ruidito de cada vez que sube un piso. El tercero, se coloca al lado del primero, haya el hueco que haya.

Si voy solo, la libertad, extraña libertad. ¿miro al espejo, a los botones, reviso la puerta, busco las llaves de la casa o cojo el móvil? Difícil decisión. Yo hago eso por este orden y me quedo en el centro para disfrutar de la soledad en mis pocos segundos de gloria.

2 mar. 2010

Segundos eternos

Hay segundos que se hacen eternos, como aquel con el que conocí el suspense y que me ha marcado hasta hoy. Aún tiemblo cuando vivo algo que me recuerde a ese momento de “López Saldaña, José Joaquín”.

Me refiero a la época de estudiante de colegio e Instituto. Creo que a los profesores los preparan en alguna cueva perdida, como la que seguro que se esconde Bin Laden, que el resto de mortales ignoramos. Supongo que accederán desde el salón de reuniones, porque si pone que solo pueden pasar ellos será por algo, además se les puede ver entrar pero rara vez salir, y si lo hacen es con prisa.Bajo la mesa largísima que está en el centro, tiene que haber una trampilla y en el lugar más lejano de la puerta, un paragüero con antonchas para los pasadizos secretos. Esta asignatura de magisterio se llama “Psicología del alumnado” y el maestro de maestros, alguien con mucha güasa.

Yo fui un mal estudiante, tanto, tanto, que estaban pensando en ponerme una estatua en el patio, y su razón tenía, pues no era gamberro, simplemente que eso de estudiar lo mismo que los demás no me atraía mucho. Lo que hacía era sentarme en la última fila, charlar con mi compañero sobre fútbol y compañeras o escribir mis paranoyas literarias. No hacía ruido y por eso lo mejor era una estatua, aunque en la placa no sé qué pondrían. Quizá: El alumno que menos molestaba y más repetía que ha pasado por el Insituto Fernando de Herrera. Volviendo al principio, el verdadero sentido del suspense lo conocí en 7º de E.G. B. en el colegio Claret.

Cuando empezaba el curso nos sentaban por orden de lista, y yo más o menos estaba en el medio (número 18-21 de 42 alumnos). Mi compañero de pupitre, Juan Manuel López Sanchez, era un empollón de verdad, de esos que siempre saben lo que les pregunte la profesora y además buena gente. Por ejemplo, clase de Ciencias Sociales, la señorita Begoña (muy bajita, con gafas, acento del norte, morena, voz dictatorial) con su mesa pegada a la ventana y en el lado opuesto a la puerta, con la foto del Rey, San Antonio María Claret y un crucifijado, como adornos de las paredes, y lista de alumnos sobre sus pequeñas manos. ¿quién se ha estudiado la lección? Todos levantamos la mano, evidentemente. Habría que ser tonto para no hacerlo. Normalmente, en decir dos apellidos no se tardaba más de tres segundos, pero ella lo hacía muy largo. Ló (aquí ya la mayoría de los niños respiraban y sonreían) pez (uf, de esta no me libro- pensaba yo), Sal (entre Sánchez y Saldaña había poca diferencia, pero ya mi corazón se aceleraba y no por amor precisamente), daña (rojo como un tomate y esperando una bronca) a la pizarra, es decir, tocaba hacer el ridículo delante de mis compañeros. Primero miraba a todos, por si había otro con mi nombre, luego a la ventana, por si era el fin del mundo, después al crucifijo por si se caía y me libraba, pero ni dios lo consiguió.

- A ver, ¿has estudiado la lección, José Joaquín?
- Sí, señorita.
(cualquiera se daba por vencido antes de tiempo)
- Hábleme del Neolítico.
Pues, el Neolítico pertenece a la Prehistoria, se divide en bajo, medio y alto
- No has estudiado nada, ¿por qué me haces perder el tiempo?
(aquí aprendí que el silencio es la mejor respuesta)
- Es que esa parte me la salté.
-Anda, siéntate, y estudia.

En este momento, me tocaba respirar, ya me podía ir a mi sitio, con la cabeza baja, para ver la que le caía a otro. Desde aquel año, el tiempo no es lo mismo, y cuando estoy en algún lugar en el que doy mi nombre, ya sea para la camilla de la rehabilitación o para estar en alguna sala de espera, digo José Joaquín. Como el cuerpo tiene memoria, antes de que acaben de decir mi nombre, ya estoy con el corazón a cien y levantado.