19 dic. 2012

El bar de Alfonso

Alfonso merece una estatua en el colegio y sin embargo, este año ya no está en el bar del colegio Claret. Estos curas lo han ido reduciendo hasta acabar con él y no está bien. Tiene una mujer: la mujer de Alfonso y un hijo: el hijo de Alfonso. Él fue figura central en mis primeros años de educación. Un hombre alto, con vozarrón y mucho cuerpo. El patio del colegio era enorme, ya le han quitado espacio. Como allí se hacía desde EGB hasta COU y éramos muchos, está dividido en dos partes desiguales por una línea roja. A un lado un campo de fútbol sala y uno de baloncesto y al otro, el de voleyball, tres de fútbol sala y cuatro de baloncesto más uno de fútbol. Su bar en la más grande. Cuando el recreo estaba al otro lado había que pedir permiso al profesor con bata blanca que estuviera de guardia. Lo que recuerdo con más cariño es su manera de aducarnos. Entraba pensando qué chuchería comprar y en un vaso de cocacola. lleno, llenísimo. La barra alta de madera maciza cubierta de manos como si fuéramos espíritus malignos (alguno lo era). Chillidos, empujones, caída de dinero, pisotones... de pronto ¡plof! un manotazo de Alfonso en la barra silencia el bar. Una fila, todos en una fila o no atiendo. Otra vez, a empujarse y coger sitio. Si te tocaba frente a frente, primero te asustaba pero luego... luego venía el placer de sentirme el niño más afortunado. Soy el primero. Se me olvidaba con la emoción lo que iba a pedir y señalaba lo que viera delante. El fin de semana era lo mejor. Como jugador de fútbol sala, eso de poder pedir pensando primero era un lujo. Mi bocadillo de mortadela y el vaso cola 25 (pesetas) sin gas, después de un partido o elegir entre todas las chucherías posibles. Cuando me iba al colegio sábados y domingos a ver tres partidos seguidos, me paraba a charlar con él en una mesa que tenía entre las dos puertas del bar. Cuando fuí entrenador de fútbol sala, si ganaban mis niños y les había prometido regalo, una lata de cocacola del bar de Alfonso para cada uno. La experiencia de entrenar la contaré en otro momento. Mis niños, ay, que tenían 4 años los primeros que conocí y ya tendrán hasta bigote y serán más altos que yo. Bueno, iba contando eso del bocadillo mortadela. Había mucho para elegir pero ese color rosita y lo bien que sabía. Aún se ríen mis hermanas al recordar que cuando iba al supermercado que estaba al lado quería la mortadela del Claret (para el resto del mundo, mortadela siciliana). Era famosa en el barrio. Alfonso me enseñó a respetar mi turno cuando pido algo. Desde entonces siempre lo hago y no pido hasta que no igo un golpe en la barra. ¿te imaginas? No, es broma. Pido cuando el camarero habla, no intento colarme. Él fue el que me contó que lo echaban y me dio mucha pena.