21 jul. 2016

Cielo infinto

Empezó su recorrido desde la frente una gota sin saber por qué. Estaba con la mirada en el infinito y nunca pensé que el infinito me llevaría al cielo. Paseaba tranquilamente, por el parque La primavera. Cada jardín era un sinfín de olores que me abstraían de la realidad ruidosa. De pronto, vi una mujer que caminaba elegante, moviendo sus fuertes y redondeadas nalgas por separado, con un balanceo sugerente y pasos cortos. Irresistible en ese ambiente que mi imaginación había creado. Llevaba sandalias de cuero, sus piernas eran delgaditas, una falda corta de Lunaresylimones de color verde con un elefante en el centro, una camiseta del mismo color con tirantas blancas, ojos verdes como la hierba, como la menta, como de los sesenta.

Al pasar, le pregunté la hora. No la recuerdo, su voz dulce y alocada, madura y atractiva, no me dejaba dsintiguir palabras. No nos dijimos los nombres. Solo nuestros ojos fueron capaces de encontrarse en el infinito que estabamos creando. La gota que yo tenía en la frente llegó a los ojos. Ella lentamente alzó su brazo, inclinó hacia mí su cuerpo y con sus dedos rodeó mi cara despacito hasta secar esa gota. Mi cuerpo se fue endureciendo hasta el punto de que mis vaqueros se me quedaron pequeños. Mi único pensamiento era ella, la sensación de su tacto, el misterio de su acción. Ella parecia estar igual. Sus hombros se humedecieron, dos detalles de su camiseta se disfrazaron de acento. Unimos las manos y anduvimos hacia el infinito, suponía yo. Se acabó el parque, las calles contiguas, el calor del sol y empezó la noche, la luna llena, el silencio de la ciudad.

Sacó unas llaves y abrió la cancela de su casa. Un pequeño porche y ya estábamos en la puerta. Me hizo entrar. Dejamos las sandalias, me colocó un pañuelo oscuro en los ojos con delicadeza y se fue unos minutos eternos. Escuché una puerta, encender el termo y una cascada de agua. Las infintas posiblidades que en mi mente se dispararon fueron cortadas por el silencio. Me abrazó por la espalda. Sentí su respiración pausada en mi cuello, sus pezones recorrían de lado a lado mis hombros. Sus manos empezaron a conectar con mis caderas, subieron hasta acariciar mis orejas, mis cejas, mi pelo. Yo inmóvil, no quise interrumpirla aunque mi deseo era gozar sus labios a través de mis dedos. Un sshhh suyo  me relajó. Bajó la cremallera con la boca mientras sus manos palpaban mis testículos. Me levantó las piernas para quitarme el pantalón. Su lengua recorrió mis tobillos, mis gemelos, mis rodillas, mis muslos y durante un tiempo infinito suboreó  mi pene en toda su longitud. Paré antes de eyacular, la sorprendí y aproveché el momento para tomar las riendas de la escena. Me quité el nudo del pañuelo, la levanté suavemente y la puse contra la pared. Mis dedos fueron tomando su cuerpo. Apreté su cabello hacia atrás descargando mi fuerza. Acaricié su rostro ladeándolo a la izquierda. Nos miramos fijamente. Con el pañuelo le até las manos y desaparecí. Mis pies iban solos a la cocina y allí estaban un cubitos. Abrí el congelador y lo cerré. Volví y ella seguía contra la pared, arqueada. Seguí sorprendiendola, no los usé seguidamente. Con la punta de la nariz fuí como un remolino infinito subiendo por sus piernas, parandome en las rodillas, lamiendo sus gemelos, apretando sus muslos, respirando sobre el monte de venus, donde habitaba su cielo resbaladizo, intruduje un dedo hasta el fondo, luego mi lengua tocó el techo del cielo y salió rápido. Por las ingles mis dedos jugaron, hicieron el camino hasta sus cachetes, los besé y recorrí con la nariz el espacio entre ellos. No fui capaz de no subir por el paisaje de su cuerpo. Me coloqué entre la pared y ella. Le di moridisquitos en los pezones y acaricié muy lentamente sus aureolas. Luego, mis labios se unieron a los suyos, nuestras lenguas fueron nuestras almas, pegué su cuerpo al mío. Sentí como propio el calor de cada parte de su cuerpo unos instantes. Se separó, la desaté y nos fuimos a la cocina. Se subio a la encimera. Cogí un hielo y con la boca se lo fui refrescando su piel mientras ella apretaba mi espalda. Se derritió el cubito por completo cuando ya había degustado todo. Puso sus manos en mis hombros, se bajó y se dispuso para que la penetrara por atrás. A la velocidad de un  reloj de arena lo fui haciendo hasta llenar su cielo. Me paré, nos sentimos completamente y llegó la tormenta desde el cielo a la tierra y de la tierra al cielo.

Nos reimos a carcajadas estando ya sin fuerzas y así me fui a por ropa para seguir paseando en soledad hacia el infinito.

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