21 jul. 2010

Un día cualquiera

No tengo trabajo pero me gusta despertarme temprano, así que a las siete de la mañana suena el despertador del móvil. Como no tengo prisa por levantarme, lo pongo media hora más tarde, antes de empezar el día. En esta media hora, Sevilla pasa de la oscuridad a la luz, del piar de los pájaros al ruido de los coches.

Lo primero es ir al cuarto de baño. Nada más entrar, está el lavabo a la derecha con un espejo con marco rojo y un foco. Enfrente, a un paso, el perchero con dos toallas, una marrón y otra roja, para ese momento de la ducha, primera prueba de la mañana.

Antes de nada, dos o tres viajes al armario donde está la ropa, porque, si no me olvido la ropa interior, es el pantalón, o cuando cierro la puerta del cuarto de baño no tengo camiseta para después. El caso es que siempre tengo que volver. Suelo poner una radio pequeña y escuchar música mientras me ducho. La pongo encima del lavabo aunque me entre la paranoia de que me va a pasar como en las pelis de miedo y muera electrocutado. Después de veinte años haciéndolo no será hoy el día en el que pase. El váter es demasiado pequeño para lo que quiero porque ahí va la ropa nueva, la que llevo encima y yo, por lo que aunque se arrugue todo, al menos calentita va a quedar. Es el momento en el que hay que poner los cinco sentidos en una sola meta: abrir una de las puertas de la mampara, pensar en cómo se debe poner la alcachofa de la ducha para que ni me roce cuando me vaya a meter hasta que deje de estar el agua helada, y colocarla. Con los pies fuera de la plataforma de la ducha y haciendo malabarismo, ¡máxima potencia y agua caliente! Tanto que en breve el vapor empaña casi todo el cuarto de baño. Es pequeño. Es que si entro con el agua fría, puedo convertirme en un cubito de hielo y prefiero quemarme en la hoguera. Cosas de los sureños.
Rápido, muy rápido, saco la mano izquierda y con la derecha encajo una puerta con otra. Siempre lo hago al revés, lo que supone un contratiempo. Cuento “1, 2, 3” y para adentro. Si todo va bien, no hay gota que haya siquiera humedecido mi cuerpo. Entonces cojo la palanca que decide la temperatura y la pongo que ni para ti ni para mí, en el medio. Ya me puedo duchar tranquilo, abriendo y cerrando el agua para gastar lo menos posible, que luego veo en la tele lo de “por un litro de agua…” y me siento mal.

Antes de vestirme, me pongo a lavarme los dientes. Comienza el juego. Con un ritmo lento quito el tapón de rosca del dentífrico. ¿Cómo se ha podido escapar si lo he hecho con cuidado?, me pregunto. Acelerando los movimientos, trato de evitar lo inevitable. El tapón empieza a cobrar vida y se pone a corretear por el lavabo y manos y ojos se ponen a seguirlo. ¡Cachi! ¡Lo cogí! ¡Uiiiiiiii! Casi lo consigo. Después de volverme loco, el tapón acaba en el desagüe y, por si fuera poco, ocupa justo la superficie del agujero. Ni se cae ni se puede coger fácilmente. Supongo que cada uno tiene su técnica. La mía es coger las tijeritas con final en curva para tirar de él. Y... lo consigo. Con el tapón en la mano me siento el más feliz del mundo. Game over.

Ya despierto del todo tras este incidente, desayuno un vaso de leche con colacao y media tostada con mantequilla. Ahora llega el momento de saber cómo se despierta el mundo y bajo a comprar algún periódico al kiosco. Coincido allí con una mujer mayor, setenta y cinco años dice que tiene. Yo espero mi turno a la izquierda de ella, y de repente empieza a hablarme. Primero sobre el cielo y el infierno, y luego ya me cuenta su perra vida, y no en el sentido de vagancia, sino de piedrecillas y pedruscos que se ha encontrado en el camino hasta llegar al presente. Mucha gente le habría cortado y seguido su camino, pero no quiero ni eso ni desconectar. Es algo muy rico lo que se siente cuando alguien te cuenta sus cosas y sabes que tu silencio le basta y sobra para sentirse mejor. No sé qué le hace pararse conmigo, sé que me alegra que lo haga.

No me voy a detener en lo que me cuenta. Es fácil adivinar lo que le puede ocurrir a una niña de la posguerra que se casa con el hombre equivocado y dedica su vida a las buenas obras, las que realmente importan, sin darle más valor al dinero que un medio para ayudar a familiares, amigos o dando una gran propina a desconocidos. Al final me dijo que yo había hecho la buena obra del día escuchándola. Supongo que una buena obra es eso, ayudar y ser ayudado.

Por la tarde, quedo con una amiga especial. Todos hemos tenido una amiga a la que le confiamos todo, con la que estamos realmente cómodos, para la que no tenemos secretos. Nos hace estar ilusionados, sonrientes, seguros, cuando simplemente le contamos algo de nuestro pasado o un gran problema que nos tiene muy preocupados o es ella la que lo cuenta. Esa persona que se va haciendo cada vez más especial con solo sonreír, y hace que se nos olvide el problema aunque sea un ratillo, en mi caso se llama Lucía.

Ella me detalla un pequeño lío que tiene con otra persona. Le sonrío y apoyo. Pero, ¿qué pasa cuando nos despedimos? Lucía me da un abrazo y un beso efusivo. Para ella es una muestra de cariño y hasta de agradecimiento por estar con ella, pero para mí es el principio del fin. Ya cuando solo queda el recuerdo de su olor, empiezo con el “y si...” y me ilusiono con llegar a ser más que amigos. Craso error. No sé qué hacer o ni siquiera si debería hacer algo. Seguiré diciéndole que entre nosotros no hay secretos, pero hay algo en mi corazoncito que lo niega. Hay algo que estoy deseando compartir con ella, pero que por miedo a perder, no lo exteriorizo. Tener una gran amiga o un gran amigo es una gran suerte pero también puede ser un yugo. Hay que echar la moneda al aire y esperar a que salga cara en vez de cruz.

Ya de vuelta a casa, me siento en el sofá con la cabeza un poco ida y me entretengo con el telediario de las nueve. El ambiente está enrarecido, los políticos alzan la voz y solo los que no pueden mirar a otro lado se paran a escucharlos. La audiencia se sienta en sillas baratas mientras ellos, los poderosos, tienen coches oficiales y demás comodidades que los alejan de los ciudadanos, de la audiencia. Esta situación provoca otros cambios en las relaciones personales y profesionales. El verdadero círculo de amigos se estrecha y endurece, mientras el otro, el de los intereses, se multiplica sin fin.

En medio de este difuminado futuro, con las temperaturas congelando ideas y agrandando ese silencio que merece una patada en el culo, en medio de todo esto, puedo sentir un fuego rodeado de nieve. Después de la predicción del tiempo para los próximos días, me presto a echarle el aliento a un libro que debería estudiar, cuando de repente tengo un presentimiento. Tengo que dejar lo que estoy haciendo y bajar al portal. Me quedo a escasos metros de la puerta intentando averiguar la causa que me hace estar ahí. Hace muchísimo frío, pero es soportable. Me gusta ver cómo late Sevilla a las distintas horas del día, y puedo asegurar que en este momento está con lo justito para estar viva. Todo oscuro, salvo algún haz de luz extraviado procedente de las farolas.

A los pocos minutos algo me sorprende, me deja sin palabras, solo mis oídos son capaces de reaccionar. Al principio pienso que es alguna banda de música de Semana Santa ensayando como todos los días, como todos los años... pero no, hoy la previsión no puede alzar la voz. Se trata de un ritmo alegre que viene del parque de enfrente de donde estoy. Un grupo de chavales que en vez de ahogarse en este presente, optan por alegrar el momento, al menos a mí me hace pensar que siendo positivo se pueden conseguir grandes cosas. Es lo que me transmite.

No tienen un equipo de música que suene tan alto que moleste, ni están junto a un coche con vasos largos en lo alto. Solo necesitan unas latas, unos tambores, un silbato y ganas de cambiar este cuadro negro en el que está dibujada la sociedad. Son cinco. No buscan que pongan más farolas, ni que les den trabajo, solo tocar sus instrumentos. Seguramente, todos los que ahora pasan delante de mí, piensan que estoy loco. Un chaquetón gris abrochado hasta el cuello, una barba considerable, y moviendo las piernas al son de los tambores. Pero me da igual, estoy viviendo mi principio de metamorfosis. Tengo que arrear a la realidad y reaccionar ante la negatividad reinante que me hace sentir como si tuviera miel en la suela de los zapatos y pausara mis movimientos. Estos chavales de veinticinco o veintiséis años han encendido una mecha con la que tengo que hacer explotar mis zapatos y comprarme otros. Iré a los mismos lugares y a otros nuevos, pero con otros ojos, con otros zapatos que repelan la miel.
Son las diez de la noche y me siento nuevo, pero... toc- toc, la realidad llega y nos pega un chorlito en los oídos. Cuatro policías se acercan y ordenan silencio. Ellos se van a otro lugar y yo a mi casa.

No acostumbro a cenar mucho, solo una tortilla francesa y agua. En la televisión hay poco que ver y además estoy con ánimo positivo, lo mejor para acostarme, aprender algo más, apagar la luz y pensar lo que quiero en mi nueva vida. Así que me dispongo a leer un libro de relatos antes de dormirme, pero ahí está él para impedirlo. Primero me pica en la pierna derecha y luego, de recochineo, pasa por mi oído para que sepa que es él. Ese sonido tan estridente hace que deje el libro en la cama y me ponga a pelear con aquel ser con cuerpo de mosquito. Puerta y ventanas cerradas para que no se escape. Dicen que mente superior domina mente inferior.

Voy reconociendo cada pared blanca, cada una de las estanterías llenas de libros, las puertas del armario de la ropa, ese aparato que compré en la teletienda para ponerme en forma pero que acaba por ser un mueble más, la puerta del cuarto, que al estar pintada de marrón oscuro parece buen sitio para esconderse, y el techo cuadrado, incluso cerca de la bombilla que cuelga. Nada. Empiezo a replantearme si la mente superior es la suya o la mía. Hoy no es el día para darme por vencido a la primera de cambio y tengo que hacer una segunda revisión. ¡Ahí está! En una estantería, sobre un libro de templarios cubierto por un plástico que compré en una promoción. Cojo unas chanclas y despacio me aproximo. ¡Zas! ¡Ja! Se va a reír de mí una mente inferior. Yo soy el que manda aquí.

Miento si digo que lo mato y me duermo feliz. Ni siquiera lo rozo. Quizás le provoque un infarto al corazón, porque ya no vuelvo a sentirlo en toda la noche. No sé si algún ser es más que otro, pero sí que todos estamos aquí para sobrevivir y eso nos iguala. Con esta lección que me da un mosquito, empieza mi nueva vida.