24 abr. 2009

Las rémoras de la crisis

Esta crisis es un tiburón no etiquetado por el hombre, que primero se acerca sin que puedas verle, te rodea haciendo círculos cada vez más pequeños, luego picotea una pierna, incrementa tu miedo, te paraliza y luego te devora dejando un charco de sangre a tu alrededor.

Este escualo viene acompañado de pequeñas rémoras que se aprovechan de los restos de la comida y aquí es donde aparecen muchos medios de comunicación a través de mensajes de texto, jugando con la ilusión y desesperación de muchísima gente. No me gusta generalizar pero si cada vez son más los programas que prometen ingentes cantidades de dinero a cambio de lo que cueste un sms, será por algo.

Me enciende por dentro, como habréis podido comprobar, que los mismos que se preocupan por conocer de cerca el estado de los olvidados por los políticos, se comporten de esta manera para enriquecimiento propio. Me he quejado muchas veces del timo de los audímetros y esto de “gana 10.000 euros mandando un mensaje sms al 4567 con la palabra POBRE” lleva el mismo camino

Confío en que algún día, dejemos de ser los olvidados, me da igual que haya que rezar al dios Obama o a quien sea, pero que pasemos a ser los escuchados, los que salimos de la cárcel política. ¿Es tan difícil que los políticos dejen de vernos solo como votantes? No digo que exista algo mejor que la democracia, pero sí que se cumpla con la raíz de la palabra DEMOCRACIA.

Somos personas, no números

20 abr. 2009

Silencio sabio

Siempre se ha hablado del silencio como la mejor respuesta y lo suscribo totalmente. Hay muchos tipos de silencios, unos abrazadores y otros repulsivos, y todos cargados de efectividad comunicativa. A pesar de a simple vista ser signo de indiferencia, es una de las mejores forma de comunicación, al provocar en el receptor una respuesta primero de incomprensión y, tras unos segundos, se torna comprensión. Actúa de conciencia, de espejo e incluso de conclusión.

Pero muchas veces, no es posible tirar de la ausencia de expulsión de aire y dejarlo todo a la mirada o la disposición del cuerpo. Elegir una respuesta adecuada no es facil y requiere de agilidad mental. No soy un maestro del silencio, para eso están las enseñanzas de Buddha y reconozco que mis palabras no fluyen ni impactan como se espera de mí. Me excuso en mi complejo por tener una voz horrible, y este mecanismo de defensa se me viene abajo como un muro de arena cuando caigo en la cuenta de que carezco de agilidad mental. ¿Cuántas veces hemos dudado entre decir lo que pensamos o lo que la otra persona quiere escuchar? Cuando esta duda se convierte paulatinamente en discusión escolástica y somos conscientes de ello, el silencio es la mejor respuesta. Volviendo a la pregunta, cualquiera tiraría del sentido común y me respondería entre risas que lo que pensamos aun a sabiendas que quizás no siente bien a la otra persona es lo correcto. Si elijo esta opción, la de exponer mi verdad al juicio público, es posible que enmarañe la cuestión sobre la que se me pide opinión. Si por el contrario, digo lo que mi interlocutor quiere escuchar, puedo producir un bien mayor, ya que creo que forma parte de la condición humana el intentar contrarrestrar loque otro dice. Como decía Hobbes, el hombre es un lobo para el hombre, y por eso creo que actuamos así, sin fiarnos cien por cien de los demás.

Concluyendo para no hacer pesada mi exposición, el silencio, como ausencia de palabras o de nueva información, es la mejor respuesta. Aprender a usar esta herramienta mágica es esencial para savoir vivre, como explica Raimon Panikkar en Invitación a la sabiduría.

8 abr. 2009

31 de marzo

Ayer me sentí parte de una serie de cortos, un género puesto de moda por youtube. A las ocho empecé rodar uno, tipo americanada en el que padre e hijo de un barrio compiten con el resto del vecindario para demostrar que son los más rapidos. En este caso, la carrera consistía en montar una bici de decathlon sin mirar el manual. Hay hijos y/o padres que son manitas, pero ni mi padre ni yo lo somos, así que asistimos con bastante miedo e incluso estuvimos a punto de rendirnos (llamar a la tienda para que nos ayudaran a montarla). Nos encerramos en mi cuarto, hicimos añicos los plásticos que envolvían cada parte de la bici estática, lo pusimos todo en la cama y empezamos a probar. La parte más pesada, con forma de tapa de water, era la base. Lo primero fue darle vueltas hasta ver cómo había ponerla. Luego, pusimos, no sin agobios, las barras que harían de puente entre el suelo y el aparato. Aquí empezó lo complicado. “¿para qué lado se enrosca?”, le pregunté como ingnorante que soy. Con la misma cara que debía tener yo, me contestó “ni idea, prueba para cada lado”, así que eso hice. Me costó poco, la verdad, encontrar el sentido correcto. En cinco minutos ya habíamos puesto las barras trasera y delantera atornilladas. Los pedales, como me parecía algo fácil, los coloqué en su sitio fijándome en los colores que había en la cuebierta de plástico y el saliente en el que había que ponerlo. Por si fuera poco, ponía “R” para dejar claro que era el pedal derecho que tenía que acabar pegado al lado derecho y “L” para el izquierdo. No a la primera, pero rapidamente los puse. ¡Ole yo! El equipo López seguía funcionando. Colocar el sillín y la barra que iba pegada a la base a la mínima altura nos costó algo menos que atornillar las barras que pegarían al suelo. Aprendimos rápido. Se avecinaba el más difícil todavía: barra en forma de jota + barra recta + manillar + computadora + cable gris + cable negro = bici acabada.

Dos horas. Dos horas en montar esta última parte. La principal razón fue que nos sobraba un cable. Para más inri, el último colocado y el que sobraba tenían el mismo final: una cablija como la de los antiguos equipos de música. Aquí sí que estaba la toalla a punto de tocar suelo o la bandera blanca casi izada. Habíamos desmontado la barra en forma de jota y la recta y buscado de dónde provenía el cable que sobraba sin resultdos. Pero mi padre, demostró su agudez. Le dio la vuelta la computadora y voila... había un hueco, probamos y lo conseguimos. Todo montado y listo para presentarlo en cuatro horas. No ganamos nada, pero nos hartamos de risa.

Si el día acabó americanizado, lo del principio fue una españolada. Suelo bajar al bar que está a la vuelta de la esquina con mi padre. Nosotros tenemos una parafernalia fija desde hace unos diez años, ya fuera en el bar de Reina Mercedes o en el de aquí, en Nervión. Cruzo la calle y compro el Estadio Deportivo y ABC, mientras mi padre pide dos cafés. Nos sentamos en la mesa más alejada a la barra. Como ya dominamos la técnica de ocupar una mesa con dos periódicos abiertos y las dos tazas de café, pues nos colocamos en diagonal, de forma que delante de mí está el Estadio y la taza de café, e igual para mi padre con su ABC. Los dos primeros minutos son para preguntarnos como dos viejos amigos aunque nos veamos cada día. Luego llega el momento de la concentración: cabeza abajo y a pasar páginas en silencio. Así estamos unos diez minutos. Recogemos los periódicos y nos vamos. Este día no podía ser como el resto y cuando estábamos pasando por delante de la barra, había un cuarteto de mujeres de cuarenta años más o menos, todas morenas menos una que se rió a mi paso y comentó “mira el kiriki de ese”. Tengo documentos gráficos que atestiguan que mi kiriki en el lado derecho de mi cabeza me acompaña desde la comunión. Es una señal de identidad que debe interpretarse como mi manera de decir al resto de la gente que me da igual el aspecto exterior. Se podría asociar también a la palabra “humildad”, si no fuera porque es un concepto que rechazo. Si digo de mí que soy humilde, estoy dando a entender que pienso que soy más valioso de lo que expreso con palabras, así que esta palabra me produce risa.
Al salir del bar sonrío, nunca había notado que un extraño se fijara como para comentarlo con sus interlocutores. Mi padre se va a trabajar y yo me subo los periódicos, le doy al botón del ordenador y del ventilador, voy a beber agua al cuarto de baño (algo mala educación pero que siempre he hecho y seguiré haciendo mientras pueda hacerlo sin que me vean. Para no dar mal ejemplo), pongo la contraseña, abro el frigorífico, me embobo con la amalgama de colores y cuando regreso a mi cuarto ya está dispuesto a servirme de enlace con todos seres de detrás de la pantalla.
Solemos irnos del bar sobre las ocho y media. Cuando yo estudiaba o trabajaba, era solo los fines de semana, pero por desgracia, ya se ha convertido en algo diario, hasta que alguna revista descubra mi talento natural y me ofrezca ser columnista.

A las diez sonó mi móvil con la narración de los goles de la primera UEFA del Sevilla, la señal inequívoca de que era mi padre. Es al único que le tengo puesto ese sonido. Quería que fuéramos a recoger unos resultados de una de sus pruebas a la clínica Sagrado Corazón. Estando al lado de Reina Mercedes, estaba claro que luego iríamos a algún bar de mi pueblo. Fuimos al Jamaica. Esta vez ni me pedí un café, ni lo cambié por Colacao ni había periódicos de por medio. ¡dios! ¡Qué haríamos! Estuvimos charlando. Nos habíamos sentado en una mesa cercana a la barra y a la puerta, uno enfrente del otro. Desde mi sitio se veía al resto de desayunantes. De las ocho, solo tres estaban ocupadas y cual fue mi sorpresa, que vi una mirada especial.