17 jun. 2010

Nobody, el final de Koninwa

Koninwa es un pueblo que ocupa una pequeña extensión de terreno situada en un valle cercano al cañón del Colorado, en Estados Unidos. Por allí, solo pasea el silencio raras veces interrumpido por algún viento que recuerda a su época de agitación y esplendor. Hay cinco montones de maderas agujereadas a veinte metros de distancia cada uno, todos en línea recta, todos con un presente tan obsoleto como el cartel que anuncia Koninwa. Un pentágono inacabado en el que solo se puede leer a duras penas: “com” en el pico más alto, y “nin” en la unión de los dos vértices inferiores. El amarillo de la tierra y las rocas distribuidas formando un gran círculo, son el fondo donde hace siglos, tenían lugar apoteósicos duelos de los mejores pistoleros.
Si hay un nombre con el que se relacione a Koninwa, ese es Nobody, conocido como No. Allá por el 1880, ya solía sentarse con su revólver en la terraza de su casa. Sombrero ancho, oscuro, con un hueco en lo alto capaz de esconder cuarenta balas en sus paredes de tela. Tenía unos pequeños ojos capaces de distinguir a cada tipo de hombre. Su oscuro bigote y su barba voluminosa le proferían un carácter aterrador. Consecuencia de esto era el hecho de que tenía en su haber tantos muertos como duelos. Siempre estaba dándole vueltas al enorme lazo de cinco metros que le acompañaba en sus tardes, sentado en su silla de madera, con su ropaje siempre oscuro y botas marrones de cuero, en el lado derecho de la entrada de su casa, donde podía ver mejor la puerta del saloon.
Nobody solía pasar las noches en el saloon, donde la mujer más hermosa del pueblo, Leonora, bailaba y cantaba. Los vaqueros le silbaban y tiraban piropos, sentados en mesas de poker mientras actuaba. En cambio, él se sentaba solo y permanecía callado. Un maldito día, mientras Leonora acababa su actuación, Jack Gun, el más temido en el pueblo, subió al escenario botella en mano. Cogió a Leonora y se la llevó a la fuerza sobre un hombro. El pianista siguió tocando y un grupo de bailarinas salió al escenario. Nobody destrozó todas las botellas de whisky y luego fue a rescatar a Leonora. Antes de que llegara Jack al caballo para huir con ella, No pudo dispararle al sombrero y hacer que se detuviera.
—Suelta a mi mujer o serás hombre muerto —dijo No, seguro de sí mismo.
—Ya es hora de pudrirte en el cementerio. Tú lo has querido, respondió Jack, tras lanzar al suelo a Leonora.

El frío y una parada repentina del viento comunicaron a los ciudadanos que se acercaba el duelo entre los pistoleros más sanguinarios: Nobody y Jack Gun. Tuvo lugar entre el banco y la guarida del Sheriff, cerca del saloon.
La arena olía a anuncio de muerte. Incluso un ave tan espectacular como temida, sobrevolaba a escasos diez metros de altura toda la extensión de Koninwa con ritmo lento, como acostumbraba el buitre.
Una mano en el cinturón y la otra, la diestra, acariciando el revólver, su Colt 45, más conocido a lo largo y ancho de las llanuras del lejano Oeste como El Pacificador. Cuando una bala entra en el ánima del arma de No, ya no hay vuelta atrás. El ánima es penumbra, párpado cerrado en donde vida y muerte son antítesis ante el veredicto de la sangre: acabar en ninguna parte, o asestar el golpe definitivo que acabara con el latir del adversario. Con la mirada fija haciéndose con la fuerza del tiempo y formando un triángulo mortal entre sus espuelas plateadas y su cintura. Frente a él, a veinte metros, la figura elegante de Jack Gun, con ambas manos sujetando fuerte sus revólveres Colt de la caballería de Estados Unidos, arqueando los brazos y rozando con los pulgares la cartuchera de cuero. Nobody sentía el dolor del mal augurio. Jack guiñó su ojo derecho al tiempo que retumbaba el sonido paralizante de la campana de la iglesia del pueblo.
Un buitre se posó delante del banco. Solo tenía que esperar el disparo que debería de acabar con uno de los dos. Y llegó. Ambos se olvidaron de la causa de su duelo y pasaron a hacer efectiva la consecuencia. La sangre se agolpó en la diestra de Nobody mientras Gun la repartía entre ambas. Estaban inmóviles. Ocurrió lo inesperado. Un disparo, un muerto. Un agujero en la sien y cayó desplomado en el suelo amarillento bañándolo de sangre lentamente. El olor a pólvora y el leve sonido del carroñero avisaron a la gente del pueblo. Todos pudieron ver el desenlace. Jack Gun había muerto. Leonora salió corriendo para avisar a su padre, el sheriff Walter. Ella era dulce y no quería un futuro con No. Walter salió de su despacho y miró con cara de odio.
—Tendrás que irte, No. Matar a un hombre supone la cárcel, pero más importante es mi hija. Márchate —dijo el sheriff nada más salir a la calle con su voz ronca. Expulsó las palabras como si salieran de un enorme cañón, retumbando cada sílaba y dejando un rastro de rotundidad tras ellas.

Entonces No se sacudió los restos de pólvora que habían coloreado su hombro derecho, enfundó el revolver y caminó despacio con la tranquilidad de haber hecho lo que debía. Miró los ojos marrones de su caballo, colocó las monturas y salió hacia las afueras del pueblo.
Nobody cabalgó veinte millas entre la escasa flora de la llanura. Sabía que las palabras del sheriff suponían un no retorno, que por ayudar a una mujer se había convertido en forastero de su pueblo. Se encontró con un hombre sentado en una roca y tocando la armónica. Era John Cara cortada, un fugitivo de la ley. Encendieron una hoguera, cenaron serpiente asada mientras No le contó un plan para acabar con Koninwa. Quería volver a por Leonora.
En la iglesia había un almacén con pólvora como para hacer volar el pueblo. Tenían que encontrar caballos y dinamita para hacerla explotar junto a la que ya había allí. Cara cortada sabía dónde encontrarla, a media milla de donde estaban sentados. Él había sido minero y conocía la zona mejor que nadie. Solo tenían que acabar con diez hombres que custodiaban el lugar día y noche. Así lo hicieron, aprovecharon la poca luz que había al acabar la cena. Mataron a ocho y aprisionaron a los otros dos. Les amarraron las manos e hicieron que guiaran a los caballos cargados con los explosivos. Una vez llegado al último escondite antes de Koninwa, les obligaron a amarrar los caballos cerca de la iglesia y luego huir. El cura vio dos hombres correr y gritó al sheriff para que saliera. El sheriff salió y vio a Nobody acompañado de otro. Avisó a sus ayudantes, y antes de que pudiera volar por los aires la iglesia y el pueblo entero, ya estaban Walter y su cuadrilla listos para acabar con ellos.
Diez contra dos. Todos escondidos fueron gastando balas. La gente cerraba las ventanas y puertas. La puntería haría el resto. Nobody acabó con una herida en el brazo izquierdo, pero John Cara cortada murió. Hubo un duelo a muerte entre el sheriff Walter y No, en el que venció el forastero, No. Fue a por Leonora, la convenció para que huyeran juntos y tuvieran un futuro feliz lejos de allí. Se montaron cada uno en un caballo. Pero a No le faltaba algo que terminar antes de irse. Disparó al montón de explosivos y dejó Koninwa, como está ahora, un siglo después. Derruida.
Leonora y Nobodoy cabalgaron hasta perderse en el horizonte, con la promesa de abandonar aquella costumbre de jugarse la vida en cada instante, criar ganado y crear una familia lejos del salvaje Oeste.

5 jun. 2010

Gracias

Ya he hecho mi buena acción del día. Me levanté a las nueve y tomé café con mi padre, que duerme en la habitación de al lado hasta mañana. Pensaba ponerme a recoger... poner lavadora, limpiar cuarto de baño y barrer suelo. Se me cayó la casa encima y huí. Fui a casa de mi padre, veinte minutos en coche. Estaba llegando, me quedaba un minuto para llegar. En el antepenúltimo semáforo, el coche de al lado me hizo señas para preguntarme algo, y en la radio sonaba We weren´t born to follow (no nacimos para seguir). Bajé la ventanilla y el volumen de la canción.

—¿Cómo se llega a Isla mágica? —me preguntó el conductor.
—Tiene que dar la vuelta y no dejar la carretera, que le llevará sentido Huelva hasta una desviación a la derecha a Isla Cartuja. Allí pregunte, que está dentro.

Pasaron pocos segundos, el semáforo estaba en rojo y pensé... “van los padres y un niño a pasar el día al parque de atracciones acuáticas y yo no tengo nada importante que hacer”. Así que en vez de girar a la derecha y seguir mi camino, fui al frente, saqué el brazo para que se pusiera al lado y le dije: “Yo les llevo”. Entonces hice eso, ponerme delante de ellos y guiarlos. Cuando me paré, puse las luces de emergencia y cuando le iba a señalar que a la izquierda estaba la puerta, el hombre salió del coche, corrió un poco y se acercó a mí.
—Ahí está la puerta, ya solo le queda encontrar aparcamiento.
—Gracias, ojalá tuviéramos tiempo para conocernos mejor- me dijo con cara de agradecido.
—Ojalá. Pasadlo bien.

Él volvió a su coche y yo me quedé en silencio, tenía que quitar las luces de emergencia y volver, pero me emocioné. No lloré, pero fue de esas veces que uno se nota el rostro caliente y los ojos apuntito de explotar. Finalmente, tras un suspiro, me fui pensando en aquella frase... “Ojalá tuviéramos tiempo para conocernos mejor”.

3 jun. 2010

Quiero SER

Quiero ser río que fluye,
de origen a destino, que no huye.

Quiero ser viento que erosiona muro
con la fuerza de mi corazón, puro.

Quiero ser luz en la noche
la voz del silencio sin reproche.

Quiero ser tierra para mi hogar,
constante y abierto como el mar.

Quiero ser sombra de la agitación,
la serenidad del maestro en su predicación.

Quiero ser fuerte,
no dejarme caer en la muerte.

Quiero ser serpiente
y mudar en cada sol naciente.

Quiero ser águila en vuelo
y detenerme en el cielo.