18 jun. 2006

Espejo y Félix


Estaba en un parque de Sevilla sentado sobre el respaldo de un banco blanco y con los pies apoyados donde muchos habían descansado su cuerpo flexionado. Se llamaba Félix y tenía la manía de irse a ese parque llamado Federico García Lorca y llevarse un bolígrafo y un cuaderno con hojas sin escribir del mismo color del banco. Su banco.
Desde allí se podían ver muchos árboles de la misma especie que embelezó al Principito, ese color verde contrastaba con el marrón de los columpios, y toboganes que hacían de campo de sueños a los pequeños niños que eran llevados de la mano a aquel parque y que curiosamente estaba al lado del bar que había dentro del parque.
Pero Félix no se fijaba en esas cosas y las pintaba en su cuaderno. No, él iba allí para dejar la mente en blanco y que se le fuera llenando de pequeñas historietas su cuaderno. Su mirada era muy penetrante mientras niños jugaban en su mente o personas mayores le contaban batallitas de la guerra civil o mujeres que necesitaban el auxilio del aire libre para luego volver a su realidad.
Una de esas veces, llegó a concentrarse tanto en una historia, que apareció en una playa virgen con su mar azul, su orilla en la que se podía ver cualquier pequeño pez que estuviera jugando y un espejo de pequeñas dimensiones medio enterrado en la arena de la playa con forma rectangular y sin demasiados adornos. Era muy simple pero no por ello dejaba de ser bello para el que se acercaba guiado por la curiosidad de verse en él.No creo que ese espejo hubiera sido tan atrayente en cualquier tienda de antigüedades en un principio, pero ahí estaba Félix delante de él con su cuaderno y su bolígrafo. El mar dejó de existir, la arena dejó de quemar sus pies y las palmeras en dos segundos dejaron de acompañarle. Justo el momento que tardó en ver aquellos pies reflejados en el espejo. Por mucho tiempo que pasara siempre estaba esa imagen en el espejo, los pies de una bella mujer llamada Leonor. Su mirada fue poco a poco dejando de ser atrayente y misteriosa.
El espejo, tras volver Félix a su banco del parque, tendría la imagen de unos pies que todo aquel que pasara no podría dejar de mirar hasta conseguir poner la mente en blanco.

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