16 may. 2014

Un desierto en mi camino

El sol brillaba más naranja que nunca. Bajo mis pies había un desierto gigantesco de arena blanca, innumerables dunas enmarcando un pequeño charco y algún que otro escorpión cerca paseando con la cola arriba. Revisé la mochila y por suerte, pude palpar un bocadillo, una manta y una cantinplora grande. Me puse a andar porque tenía que cruzarlo para llegar a un pueblecito con muchas cabañas, leña y gente sonriente. Mi compañía era un silencio aterrador que ponía frente a mis ojos mis miedos, frantasmas que deambulaban cerca sin abrir la boca. Sabía que era producto de mi imaginación y solo mi templanza podria conseguir que no pereciera en el largo camino. Cada uno me iba entregando algo: una botella de whiski, muchos billetes en una bolsa de plástico, ropa para el frío y calor, un folio en blanco con lápiz y goma de borrar, un teléfono móvil y una rosa.


Pasaron las horas y el sol ya buscaba cobijo bajo la tierra. Ya estaba muy cansado y paré a descansar, aún quedaba mucho para el final del desierto. Con mis manos hice un montón de arena con forma de cama y allí reflexioné sobre el pasado. La luna me inspiraba e imaginaba que podía escucharme. Llegué a la conclusión de que el pasado no se puede mirar con ojos de presente, así que cerré los ojos con la tranquilidad de haber borrado de mi mente aquellos pensamientos que ya no servían. Al despertar pude ver el pueblo de Felicidad en fiesta a pocos metros.


Los miedos son parte del camino a la felicidad. Bésalos. Aprovecha su energía.


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