21 nov. 2008

Muy especial (I)

Quizá hace diez años, empecé a interesarme por la filosofía. Casual o causalmente, cuando algo me ha llamado la atención, he visto revistas en los kioskos y películas o series, que me han ayudado a indagar en las cuestiones que eran de mi interés en el momento.

Hoy quiero compartir algunas páginas de una revista del año 2000 que aún conservo entre el desorden de mi cuarto. Una habitación donde creo que solo yo no me agobio. Muy interesante sacó entre julio y agosto un “Muy especial” sobre filosofía, ideas políticas, neuropsicología e inventos que cambiaron el mundo.


PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA

Normalmente la vida nos lleva por los derroteros que marca la sociedad; se asumen los valores del grupo, se siguen las modas... Hasta que un día, uno se da cuenta de que ignora las cuestiones más importantes y se pone a reflexionar.

Uno se vuelve filósofo el día en que descubre que ignora cúal es el sentido de su vida y se resuelve a buscarlo sistematicamente por el camino de la razón. Hasta entonces había vivido de las opinion recibidas: creía loque por término medio se cree, hacía lo que se hace, gazaba como se gozaba, incluso se rebelaba en ocasiones como y contra lo que uno suele rebelarse. Arropado por la tradición, sostenido por los valores y las pautas de conducta del grupo, traído y llevado por las modas, su existencia transcurría con relativa placidez.
Pero un buen día -¿de verás fue un día bueno?- siente con estremecimiento que el suelo de creencias que hasta entonces le había sostenido se abre bajo sus pies (...).
Uno ya no puede los cómodos mitos con que la sociedad procura calmar su ansiedad, pero tampoco está en condiciones de sustituirlos por otros más convincentes (recuerdo las innumerables veces que he intentado tener clara mi idea de alma o de qué es la realidad). Sócrates, modelo de filósofos, proclamaba abiertamente aquello de “solo sé que no sé nada”. Entiéndase bien. Sócrates sabe en realidad bastantes cosas, por ejemplo que va descalzo, que su mujer tiene mal genio o que algunos de sus conciudadanos no le quieren. Pero su profesión de ignorancia no se refiere a estas cosas que él considera secundarias, sino a las que verdaderamente le importan: no sabe en qué consiste la excelencia humana ni cómo adquirirla, no sabe en qué consiste la piedad o la belleza, ni sabe, sobre todo, cúal es la naturaleza de los dioses o qué le espera después de la muerte. Aunque a Sócrates lo condenaran a beber cicuta por sabio (es decir, por experto precisamente en esas cuestiones), nunca pretendió serlo.

Sólo quien quiere conocer el auténtico porqué de las cosas lleva con propiedad el nombre de filósofo: amante de la sabiduría.

Por Leonardo Rodríguez Duplá.

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