-Coge el móvil que está dentro del bolso, en la entrada de casa.
Parece fácil hacerlo, incluso parece que no cabe el verbo conseguir. El bolso del tamaño que sea es todo un universo misterioso. ¿Qué hay dentro? ¿objetos animados o inanimados? ¿tiene memoria y solo una mujer puede encontrar lo que busca? ¿hay una cremallera secreta? ¿por qué hay de todo menos lo que busco y si es la dueña lo coge fácil? ¿el bolso es como el chicle?
Dicen las mujeres que no necesita manual, que hay poco espacio, que solo metiendo la mano y palpando se puede encontrar el móvil. Se me hace un mundo infinito encontrar algo dentro. No es cuestión de que esté oscuro o que la luz entre, tampoco que sea de material rígido o tocando la parte exterior se pueda saber lo que esconde, la cosa es que se me hace imposible encontrar cualquier cosa que quiera. Eso sí, buscando un móvil puedo palpar de todo... objetos blandos, duros, circulares, cuadrados, rectangulares, amorfos pero nunca el móvil.
Ya me gustaría sonreír y conseguir el tesoro, porque una vez en materia, la búsqueda se convierte en eso. El final siempre es entregar el bolso completo y quedarme con cara de admiración viendo que ella en pocos segundos lo consigue y yo hace nada, me fui lento y con miedo a pasar la prueba con éxito.
El final es casi como el principio:
-Te dije el móvil, no el bolso entero.
10 sept 2010
21 jul 2010
Un día cualquiera
No tengo trabajo pero me gusta despertarme temprano, así que a las siete de la mañana suena el despertador del móvil. Como no tengo prisa por levantarme, lo pongo media hora más tarde, antes de empezar el día. En esta media hora, Sevilla pasa de la oscuridad a la luz, del piar de los pájaros al ruido de los coches.
Lo primero es ir al cuarto de baño. Nada más entrar, está el lavabo a la derecha con un espejo con marco rojo y un foco. Enfrente, a un paso, el perchero con dos toallas, una marrón y otra roja, para ese momento de la ducha, primera prueba de la mañana.
Antes de nada, dos o tres viajes al armario donde está la ropa, porque, si no me olvido la ropa interior, es el pantalón, o cuando cierro la puerta del cuarto de baño no tengo camiseta para después. El caso es que siempre tengo que volver. Suelo poner una radio pequeña y escuchar música mientras me ducho. La pongo encima del lavabo aunque me entre la paranoia de que me va a pasar como en las pelis de miedo y muera electrocutado. Después de veinte años haciéndolo no será hoy el día en el que pase. El váter es demasiado pequeño para lo que quiero porque ahí va la ropa nueva, la que llevo encima y yo, por lo que aunque se arrugue todo, al menos calentita va a quedar. Es el momento en el que hay que poner los cinco sentidos en una sola meta: abrir una de las puertas de la mampara, pensar en cómo se debe poner la alcachofa de la ducha para que ni me roce cuando me vaya a meter hasta que deje de estar el agua helada, y colocarla. Con los pies fuera de la plataforma de la ducha y haciendo malabarismo, ¡máxima potencia y agua caliente! Tanto que en breve el vapor empaña casi todo el cuarto de baño. Es pequeño. Es que si entro con el agua fría, puedo convertirme en un cubito de hielo y prefiero quemarme en la hoguera. Cosas de los sureños.
Rápido, muy rápido, saco la mano izquierda y con la derecha encajo una puerta con otra. Siempre lo hago al revés, lo que supone un contratiempo. Cuento “1, 2, 3” y para adentro. Si todo va bien, no hay gota que haya siquiera humedecido mi cuerpo. Entonces cojo la palanca que decide la temperatura y la pongo que ni para ti ni para mí, en el medio. Ya me puedo duchar tranquilo, abriendo y cerrando el agua para gastar lo menos posible, que luego veo en la tele lo de “por un litro de agua…” y me siento mal.
Antes de vestirme, me pongo a lavarme los dientes. Comienza el juego. Con un ritmo lento quito el tapón de rosca del dentífrico. ¿Cómo se ha podido escapar si lo he hecho con cuidado?, me pregunto. Acelerando los movimientos, trato de evitar lo inevitable. El tapón empieza a cobrar vida y se pone a corretear por el lavabo y manos y ojos se ponen a seguirlo. ¡Cachi! ¡Lo cogí! ¡Uiiiiiiii! Casi lo consigo. Después de volverme loco, el tapón acaba en el desagüe y, por si fuera poco, ocupa justo la superficie del agujero. Ni se cae ni se puede coger fácilmente. Supongo que cada uno tiene su técnica. La mía es coger las tijeritas con final en curva para tirar de él. Y... lo consigo. Con el tapón en la mano me siento el más feliz del mundo. Game over.
Ya despierto del todo tras este incidente, desayuno un vaso de leche con colacao y media tostada con mantequilla. Ahora llega el momento de saber cómo se despierta el mundo y bajo a comprar algún periódico al kiosco. Coincido allí con una mujer mayor, setenta y cinco años dice que tiene. Yo espero mi turno a la izquierda de ella, y de repente empieza a hablarme. Primero sobre el cielo y el infierno, y luego ya me cuenta su perra vida, y no en el sentido de vagancia, sino de piedrecillas y pedruscos que se ha encontrado en el camino hasta llegar al presente. Mucha gente le habría cortado y seguido su camino, pero no quiero ni eso ni desconectar. Es algo muy rico lo que se siente cuando alguien te cuenta sus cosas y sabes que tu silencio le basta y sobra para sentirse mejor. No sé qué le hace pararse conmigo, sé que me alegra que lo haga.
No me voy a detener en lo que me cuenta. Es fácil adivinar lo que le puede ocurrir a una niña de la posguerra que se casa con el hombre equivocado y dedica su vida a las buenas obras, las que realmente importan, sin darle más valor al dinero que un medio para ayudar a familiares, amigos o dando una gran propina a desconocidos. Al final me dijo que yo había hecho la buena obra del día escuchándola. Supongo que una buena obra es eso, ayudar y ser ayudado.
Por la tarde, quedo con una amiga especial. Todos hemos tenido una amiga a la que le confiamos todo, con la que estamos realmente cómodos, para la que no tenemos secretos. Nos hace estar ilusionados, sonrientes, seguros, cuando simplemente le contamos algo de nuestro pasado o un gran problema que nos tiene muy preocupados o es ella la que lo cuenta. Esa persona que se va haciendo cada vez más especial con solo sonreír, y hace que se nos olvide el problema aunque sea un ratillo, en mi caso se llama Lucía.
Ella me detalla un pequeño lío que tiene con otra persona. Le sonrío y apoyo. Pero, ¿qué pasa cuando nos despedimos? Lucía me da un abrazo y un beso efusivo. Para ella es una muestra de cariño y hasta de agradecimiento por estar con ella, pero para mí es el principio del fin. Ya cuando solo queda el recuerdo de su olor, empiezo con el “y si...” y me ilusiono con llegar a ser más que amigos. Craso error. No sé qué hacer o ni siquiera si debería hacer algo. Seguiré diciéndole que entre nosotros no hay secretos, pero hay algo en mi corazoncito que lo niega. Hay algo que estoy deseando compartir con ella, pero que por miedo a perder, no lo exteriorizo. Tener una gran amiga o un gran amigo es una gran suerte pero también puede ser un yugo. Hay que echar la moneda al aire y esperar a que salga cara en vez de cruz.
Ya de vuelta a casa, me siento en el sofá con la cabeza un poco ida y me entretengo con el telediario de las nueve. El ambiente está enrarecido, los políticos alzan la voz y solo los que no pueden mirar a otro lado se paran a escucharlos. La audiencia se sienta en sillas baratas mientras ellos, los poderosos, tienen coches oficiales y demás comodidades que los alejan de los ciudadanos, de la audiencia. Esta situación provoca otros cambios en las relaciones personales y profesionales. El verdadero círculo de amigos se estrecha y endurece, mientras el otro, el de los intereses, se multiplica sin fin.
En medio de este difuminado futuro, con las temperaturas congelando ideas y agrandando ese silencio que merece una patada en el culo, en medio de todo esto, puedo sentir un fuego rodeado de nieve. Después de la predicción del tiempo para los próximos días, me presto a echarle el aliento a un libro que debería estudiar, cuando de repente tengo un presentimiento. Tengo que dejar lo que estoy haciendo y bajar al portal. Me quedo a escasos metros de la puerta intentando averiguar la causa que me hace estar ahí. Hace muchísimo frío, pero es soportable. Me gusta ver cómo late Sevilla a las distintas horas del día, y puedo asegurar que en este momento está con lo justito para estar viva. Todo oscuro, salvo algún haz de luz extraviado procedente de las farolas.
A los pocos minutos algo me sorprende, me deja sin palabras, solo mis oídos son capaces de reaccionar. Al principio pienso que es alguna banda de música de Semana Santa ensayando como todos los días, como todos los años... pero no, hoy la previsión no puede alzar la voz. Se trata de un ritmo alegre que viene del parque de enfrente de donde estoy. Un grupo de chavales que en vez de ahogarse en este presente, optan por alegrar el momento, al menos a mí me hace pensar que siendo positivo se pueden conseguir grandes cosas. Es lo que me transmite.
No tienen un equipo de música que suene tan alto que moleste, ni están junto a un coche con vasos largos en lo alto. Solo necesitan unas latas, unos tambores, un silbato y ganas de cambiar este cuadro negro en el que está dibujada la sociedad. Son cinco. No buscan que pongan más farolas, ni que les den trabajo, solo tocar sus instrumentos. Seguramente, todos los que ahora pasan delante de mí, piensan que estoy loco. Un chaquetón gris abrochado hasta el cuello, una barba considerable, y moviendo las piernas al son de los tambores. Pero me da igual, estoy viviendo mi principio de metamorfosis. Tengo que arrear a la realidad y reaccionar ante la negatividad reinante que me hace sentir como si tuviera miel en la suela de los zapatos y pausara mis movimientos. Estos chavales de veinticinco o veintiséis años han encendido una mecha con la que tengo que hacer explotar mis zapatos y comprarme otros. Iré a los mismos lugares y a otros nuevos, pero con otros ojos, con otros zapatos que repelan la miel.
Son las diez de la noche y me siento nuevo, pero... toc- toc, la realidad llega y nos pega un chorlito en los oídos. Cuatro policías se acercan y ordenan silencio. Ellos se van a otro lugar y yo a mi casa.
No acostumbro a cenar mucho, solo una tortilla francesa y agua. En la televisión hay poco que ver y además estoy con ánimo positivo, lo mejor para acostarme, aprender algo más, apagar la luz y pensar lo que quiero en mi nueva vida. Así que me dispongo a leer un libro de relatos antes de dormirme, pero ahí está él para impedirlo. Primero me pica en la pierna derecha y luego, de recochineo, pasa por mi oído para que sepa que es él. Ese sonido tan estridente hace que deje el libro en la cama y me ponga a pelear con aquel ser con cuerpo de mosquito. Puerta y ventanas cerradas para que no se escape. Dicen que mente superior domina mente inferior.
Voy reconociendo cada pared blanca, cada una de las estanterías llenas de libros, las puertas del armario de la ropa, ese aparato que compré en la teletienda para ponerme en forma pero que acaba por ser un mueble más, la puerta del cuarto, que al estar pintada de marrón oscuro parece buen sitio para esconderse, y el techo cuadrado, incluso cerca de la bombilla que cuelga. Nada. Empiezo a replantearme si la mente superior es la suya o la mía. Hoy no es el día para darme por vencido a la primera de cambio y tengo que hacer una segunda revisión. ¡Ahí está! En una estantería, sobre un libro de templarios cubierto por un plástico que compré en una promoción. Cojo unas chanclas y despacio me aproximo. ¡Zas! ¡Ja! Se va a reír de mí una mente inferior. Yo soy el que manda aquí.
Miento si digo que lo mato y me duermo feliz. Ni siquiera lo rozo. Quizás le provoque un infarto al corazón, porque ya no vuelvo a sentirlo en toda la noche. No sé si algún ser es más que otro, pero sí que todos estamos aquí para sobrevivir y eso nos iguala. Con esta lección que me da un mosquito, empieza mi nueva vida.
Lo primero es ir al cuarto de baño. Nada más entrar, está el lavabo a la derecha con un espejo con marco rojo y un foco. Enfrente, a un paso, el perchero con dos toallas, una marrón y otra roja, para ese momento de la ducha, primera prueba de la mañana.
Antes de nada, dos o tres viajes al armario donde está la ropa, porque, si no me olvido la ropa interior, es el pantalón, o cuando cierro la puerta del cuarto de baño no tengo camiseta para después. El caso es que siempre tengo que volver. Suelo poner una radio pequeña y escuchar música mientras me ducho. La pongo encima del lavabo aunque me entre la paranoia de que me va a pasar como en las pelis de miedo y muera electrocutado. Después de veinte años haciéndolo no será hoy el día en el que pase. El váter es demasiado pequeño para lo que quiero porque ahí va la ropa nueva, la que llevo encima y yo, por lo que aunque se arrugue todo, al menos calentita va a quedar. Es el momento en el que hay que poner los cinco sentidos en una sola meta: abrir una de las puertas de la mampara, pensar en cómo se debe poner la alcachofa de la ducha para que ni me roce cuando me vaya a meter hasta que deje de estar el agua helada, y colocarla. Con los pies fuera de la plataforma de la ducha y haciendo malabarismo, ¡máxima potencia y agua caliente! Tanto que en breve el vapor empaña casi todo el cuarto de baño. Es pequeño. Es que si entro con el agua fría, puedo convertirme en un cubito de hielo y prefiero quemarme en la hoguera. Cosas de los sureños.
Rápido, muy rápido, saco la mano izquierda y con la derecha encajo una puerta con otra. Siempre lo hago al revés, lo que supone un contratiempo. Cuento “1, 2, 3” y para adentro. Si todo va bien, no hay gota que haya siquiera humedecido mi cuerpo. Entonces cojo la palanca que decide la temperatura y la pongo que ni para ti ni para mí, en el medio. Ya me puedo duchar tranquilo, abriendo y cerrando el agua para gastar lo menos posible, que luego veo en la tele lo de “por un litro de agua…” y me siento mal.
Antes de vestirme, me pongo a lavarme los dientes. Comienza el juego. Con un ritmo lento quito el tapón de rosca del dentífrico. ¿Cómo se ha podido escapar si lo he hecho con cuidado?, me pregunto. Acelerando los movimientos, trato de evitar lo inevitable. El tapón empieza a cobrar vida y se pone a corretear por el lavabo y manos y ojos se ponen a seguirlo. ¡Cachi! ¡Lo cogí! ¡Uiiiiiiii! Casi lo consigo. Después de volverme loco, el tapón acaba en el desagüe y, por si fuera poco, ocupa justo la superficie del agujero. Ni se cae ni se puede coger fácilmente. Supongo que cada uno tiene su técnica. La mía es coger las tijeritas con final en curva para tirar de él. Y... lo consigo. Con el tapón en la mano me siento el más feliz del mundo. Game over.
Ya despierto del todo tras este incidente, desayuno un vaso de leche con colacao y media tostada con mantequilla. Ahora llega el momento de saber cómo se despierta el mundo y bajo a comprar algún periódico al kiosco. Coincido allí con una mujer mayor, setenta y cinco años dice que tiene. Yo espero mi turno a la izquierda de ella, y de repente empieza a hablarme. Primero sobre el cielo y el infierno, y luego ya me cuenta su perra vida, y no en el sentido de vagancia, sino de piedrecillas y pedruscos que se ha encontrado en el camino hasta llegar al presente. Mucha gente le habría cortado y seguido su camino, pero no quiero ni eso ni desconectar. Es algo muy rico lo que se siente cuando alguien te cuenta sus cosas y sabes que tu silencio le basta y sobra para sentirse mejor. No sé qué le hace pararse conmigo, sé que me alegra que lo haga.
No me voy a detener en lo que me cuenta. Es fácil adivinar lo que le puede ocurrir a una niña de la posguerra que se casa con el hombre equivocado y dedica su vida a las buenas obras, las que realmente importan, sin darle más valor al dinero que un medio para ayudar a familiares, amigos o dando una gran propina a desconocidos. Al final me dijo que yo había hecho la buena obra del día escuchándola. Supongo que una buena obra es eso, ayudar y ser ayudado.
Por la tarde, quedo con una amiga especial. Todos hemos tenido una amiga a la que le confiamos todo, con la que estamos realmente cómodos, para la que no tenemos secretos. Nos hace estar ilusionados, sonrientes, seguros, cuando simplemente le contamos algo de nuestro pasado o un gran problema que nos tiene muy preocupados o es ella la que lo cuenta. Esa persona que se va haciendo cada vez más especial con solo sonreír, y hace que se nos olvide el problema aunque sea un ratillo, en mi caso se llama Lucía.
Ella me detalla un pequeño lío que tiene con otra persona. Le sonrío y apoyo. Pero, ¿qué pasa cuando nos despedimos? Lucía me da un abrazo y un beso efusivo. Para ella es una muestra de cariño y hasta de agradecimiento por estar con ella, pero para mí es el principio del fin. Ya cuando solo queda el recuerdo de su olor, empiezo con el “y si...” y me ilusiono con llegar a ser más que amigos. Craso error. No sé qué hacer o ni siquiera si debería hacer algo. Seguiré diciéndole que entre nosotros no hay secretos, pero hay algo en mi corazoncito que lo niega. Hay algo que estoy deseando compartir con ella, pero que por miedo a perder, no lo exteriorizo. Tener una gran amiga o un gran amigo es una gran suerte pero también puede ser un yugo. Hay que echar la moneda al aire y esperar a que salga cara en vez de cruz.
Ya de vuelta a casa, me siento en el sofá con la cabeza un poco ida y me entretengo con el telediario de las nueve. El ambiente está enrarecido, los políticos alzan la voz y solo los que no pueden mirar a otro lado se paran a escucharlos. La audiencia se sienta en sillas baratas mientras ellos, los poderosos, tienen coches oficiales y demás comodidades que los alejan de los ciudadanos, de la audiencia. Esta situación provoca otros cambios en las relaciones personales y profesionales. El verdadero círculo de amigos se estrecha y endurece, mientras el otro, el de los intereses, se multiplica sin fin.
En medio de este difuminado futuro, con las temperaturas congelando ideas y agrandando ese silencio que merece una patada en el culo, en medio de todo esto, puedo sentir un fuego rodeado de nieve. Después de la predicción del tiempo para los próximos días, me presto a echarle el aliento a un libro que debería estudiar, cuando de repente tengo un presentimiento. Tengo que dejar lo que estoy haciendo y bajar al portal. Me quedo a escasos metros de la puerta intentando averiguar la causa que me hace estar ahí. Hace muchísimo frío, pero es soportable. Me gusta ver cómo late Sevilla a las distintas horas del día, y puedo asegurar que en este momento está con lo justito para estar viva. Todo oscuro, salvo algún haz de luz extraviado procedente de las farolas.
A los pocos minutos algo me sorprende, me deja sin palabras, solo mis oídos son capaces de reaccionar. Al principio pienso que es alguna banda de música de Semana Santa ensayando como todos los días, como todos los años... pero no, hoy la previsión no puede alzar la voz. Se trata de un ritmo alegre que viene del parque de enfrente de donde estoy. Un grupo de chavales que en vez de ahogarse en este presente, optan por alegrar el momento, al menos a mí me hace pensar que siendo positivo se pueden conseguir grandes cosas. Es lo que me transmite.
No tienen un equipo de música que suene tan alto que moleste, ni están junto a un coche con vasos largos en lo alto. Solo necesitan unas latas, unos tambores, un silbato y ganas de cambiar este cuadro negro en el que está dibujada la sociedad. Son cinco. No buscan que pongan más farolas, ni que les den trabajo, solo tocar sus instrumentos. Seguramente, todos los que ahora pasan delante de mí, piensan que estoy loco. Un chaquetón gris abrochado hasta el cuello, una barba considerable, y moviendo las piernas al son de los tambores. Pero me da igual, estoy viviendo mi principio de metamorfosis. Tengo que arrear a la realidad y reaccionar ante la negatividad reinante que me hace sentir como si tuviera miel en la suela de los zapatos y pausara mis movimientos. Estos chavales de veinticinco o veintiséis años han encendido una mecha con la que tengo que hacer explotar mis zapatos y comprarme otros. Iré a los mismos lugares y a otros nuevos, pero con otros ojos, con otros zapatos que repelan la miel.
Son las diez de la noche y me siento nuevo, pero... toc- toc, la realidad llega y nos pega un chorlito en los oídos. Cuatro policías se acercan y ordenan silencio. Ellos se van a otro lugar y yo a mi casa.
No acostumbro a cenar mucho, solo una tortilla francesa y agua. En la televisión hay poco que ver y además estoy con ánimo positivo, lo mejor para acostarme, aprender algo más, apagar la luz y pensar lo que quiero en mi nueva vida. Así que me dispongo a leer un libro de relatos antes de dormirme, pero ahí está él para impedirlo. Primero me pica en la pierna derecha y luego, de recochineo, pasa por mi oído para que sepa que es él. Ese sonido tan estridente hace que deje el libro en la cama y me ponga a pelear con aquel ser con cuerpo de mosquito. Puerta y ventanas cerradas para que no se escape. Dicen que mente superior domina mente inferior.
Voy reconociendo cada pared blanca, cada una de las estanterías llenas de libros, las puertas del armario de la ropa, ese aparato que compré en la teletienda para ponerme en forma pero que acaba por ser un mueble más, la puerta del cuarto, que al estar pintada de marrón oscuro parece buen sitio para esconderse, y el techo cuadrado, incluso cerca de la bombilla que cuelga. Nada. Empiezo a replantearme si la mente superior es la suya o la mía. Hoy no es el día para darme por vencido a la primera de cambio y tengo que hacer una segunda revisión. ¡Ahí está! En una estantería, sobre un libro de templarios cubierto por un plástico que compré en una promoción. Cojo unas chanclas y despacio me aproximo. ¡Zas! ¡Ja! Se va a reír de mí una mente inferior. Yo soy el que manda aquí.
Miento si digo que lo mato y me duermo feliz. Ni siquiera lo rozo. Quizás le provoque un infarto al corazón, porque ya no vuelvo a sentirlo en toda la noche. No sé si algún ser es más que otro, pero sí que todos estamos aquí para sobrevivir y eso nos iguala. Con esta lección que me da un mosquito, empieza mi nueva vida.
17 jun 2010
Nobody, el final de Koninwa
Koninwa es un pueblo que ocupa una pequeña extensión de terreno situada en un valle cercano al cañón del Colorado, en Estados Unidos. Por allí, solo pasea el silencio raras veces interrumpido por algún viento que recuerda a su época de agitación y esplendor. Hay cinco montones de maderas agujereadas a veinte metros de distancia cada uno, todos en línea recta, todos con un presente tan obsoleto como el cartel que anuncia Koninwa. Un pentágono inacabado en el que solo se puede leer a duras penas: “com” en el pico más alto, y “nin” en la unión de los dos vértices inferiores. El amarillo de la tierra y las rocas distribuidas formando un gran círculo, son el fondo donde hace siglos, tenían lugar apoteósicos duelos de los mejores pistoleros.
Si hay un nombre con el que se relacione a Koninwa, ese es Nobody, conocido como No. Allá por el 1880, ya solía sentarse con su revólver en la terraza de su casa. Sombrero ancho, oscuro, con un hueco en lo alto capaz de esconder cuarenta balas en sus paredes de tela. Tenía unos pequeños ojos capaces de distinguir a cada tipo de hombre. Su oscuro bigote y su barba voluminosa le proferían un carácter aterrador. Consecuencia de esto era el hecho de que tenía en su haber tantos muertos como duelos. Siempre estaba dándole vueltas al enorme lazo de cinco metros que le acompañaba en sus tardes, sentado en su silla de madera, con su ropaje siempre oscuro y botas marrones de cuero, en el lado derecho de la entrada de su casa, donde podía ver mejor la puerta del saloon.
Nobody solía pasar las noches en el saloon, donde la mujer más hermosa del pueblo, Leonora, bailaba y cantaba. Los vaqueros le silbaban y tiraban piropos, sentados en mesas de poker mientras actuaba. En cambio, él se sentaba solo y permanecía callado. Un maldito día, mientras Leonora acababa su actuación, Jack Gun, el más temido en el pueblo, subió al escenario botella en mano. Cogió a Leonora y se la llevó a la fuerza sobre un hombro. El pianista siguió tocando y un grupo de bailarinas salió al escenario. Nobody destrozó todas las botellas de whisky y luego fue a rescatar a Leonora. Antes de que llegara Jack al caballo para huir con ella, No pudo dispararle al sombrero y hacer que se detuviera.
—Suelta a mi mujer o serás hombre muerto —dijo No, seguro de sí mismo.
—Ya es hora de pudrirte en el cementerio. Tú lo has querido, respondió Jack, tras lanzar al suelo a Leonora.
El frío y una parada repentina del viento comunicaron a los ciudadanos que se acercaba el duelo entre los pistoleros más sanguinarios: Nobody y Jack Gun. Tuvo lugar entre el banco y la guarida del Sheriff, cerca del saloon.
La arena olía a anuncio de muerte. Incluso un ave tan espectacular como temida, sobrevolaba a escasos diez metros de altura toda la extensión de Koninwa con ritmo lento, como acostumbraba el buitre.
Una mano en el cinturón y la otra, la diestra, acariciando el revólver, su Colt 45, más conocido a lo largo y ancho de las llanuras del lejano Oeste como El Pacificador. Cuando una bala entra en el ánima del arma de No, ya no hay vuelta atrás. El ánima es penumbra, párpado cerrado en donde vida y muerte son antítesis ante el veredicto de la sangre: acabar en ninguna parte, o asestar el golpe definitivo que acabara con el latir del adversario. Con la mirada fija haciéndose con la fuerza del tiempo y formando un triángulo mortal entre sus espuelas plateadas y su cintura. Frente a él, a veinte metros, la figura elegante de Jack Gun, con ambas manos sujetando fuerte sus revólveres Colt de la caballería de Estados Unidos, arqueando los brazos y rozando con los pulgares la cartuchera de cuero. Nobody sentía el dolor del mal augurio. Jack guiñó su ojo derecho al tiempo que retumbaba el sonido paralizante de la campana de la iglesia del pueblo.
Un buitre se posó delante del banco. Solo tenía que esperar el disparo que debería de acabar con uno de los dos. Y llegó. Ambos se olvidaron de la causa de su duelo y pasaron a hacer efectiva la consecuencia. La sangre se agolpó en la diestra de Nobody mientras Gun la repartía entre ambas. Estaban inmóviles. Ocurrió lo inesperado. Un disparo, un muerto. Un agujero en la sien y cayó desplomado en el suelo amarillento bañándolo de sangre lentamente. El olor a pólvora y el leve sonido del carroñero avisaron a la gente del pueblo. Todos pudieron ver el desenlace. Jack Gun había muerto. Leonora salió corriendo para avisar a su padre, el sheriff Walter. Ella era dulce y no quería un futuro con No. Walter salió de su despacho y miró con cara de odio.
—Tendrás que irte, No. Matar a un hombre supone la cárcel, pero más importante es mi hija. Márchate —dijo el sheriff nada más salir a la calle con su voz ronca. Expulsó las palabras como si salieran de un enorme cañón, retumbando cada sílaba y dejando un rastro de rotundidad tras ellas.
Entonces No se sacudió los restos de pólvora que habían coloreado su hombro derecho, enfundó el revolver y caminó despacio con la tranquilidad de haber hecho lo que debía. Miró los ojos marrones de su caballo, colocó las monturas y salió hacia las afueras del pueblo.
Nobody cabalgó veinte millas entre la escasa flora de la llanura. Sabía que las palabras del sheriff suponían un no retorno, que por ayudar a una mujer se había convertido en forastero de su pueblo. Se encontró con un hombre sentado en una roca y tocando la armónica. Era John Cara cortada, un fugitivo de la ley. Encendieron una hoguera, cenaron serpiente asada mientras No le contó un plan para acabar con Koninwa. Quería volver a por Leonora.
En la iglesia había un almacén con pólvora como para hacer volar el pueblo. Tenían que encontrar caballos y dinamita para hacerla explotar junto a la que ya había allí. Cara cortada sabía dónde encontrarla, a media milla de donde estaban sentados. Él había sido minero y conocía la zona mejor que nadie. Solo tenían que acabar con diez hombres que custodiaban el lugar día y noche. Así lo hicieron, aprovecharon la poca luz que había al acabar la cena. Mataron a ocho y aprisionaron a los otros dos. Les amarraron las manos e hicieron que guiaran a los caballos cargados con los explosivos. Una vez llegado al último escondite antes de Koninwa, les obligaron a amarrar los caballos cerca de la iglesia y luego huir. El cura vio dos hombres correr y gritó al sheriff para que saliera. El sheriff salió y vio a Nobody acompañado de otro. Avisó a sus ayudantes, y antes de que pudiera volar por los aires la iglesia y el pueblo entero, ya estaban Walter y su cuadrilla listos para acabar con ellos.
Diez contra dos. Todos escondidos fueron gastando balas. La gente cerraba las ventanas y puertas. La puntería haría el resto. Nobody acabó con una herida en el brazo izquierdo, pero John Cara cortada murió. Hubo un duelo a muerte entre el sheriff Walter y No, en el que venció el forastero, No. Fue a por Leonora, la convenció para que huyeran juntos y tuvieran un futuro feliz lejos de allí. Se montaron cada uno en un caballo. Pero a No le faltaba algo que terminar antes de irse. Disparó al montón de explosivos y dejó Koninwa, como está ahora, un siglo después. Derruida.
Leonora y Nobodoy cabalgaron hasta perderse en el horizonte, con la promesa de abandonar aquella costumbre de jugarse la vida en cada instante, criar ganado y crear una familia lejos del salvaje Oeste.
Si hay un nombre con el que se relacione a Koninwa, ese es Nobody, conocido como No. Allá por el 1880, ya solía sentarse con su revólver en la terraza de su casa. Sombrero ancho, oscuro, con un hueco en lo alto capaz de esconder cuarenta balas en sus paredes de tela. Tenía unos pequeños ojos capaces de distinguir a cada tipo de hombre. Su oscuro bigote y su barba voluminosa le proferían un carácter aterrador. Consecuencia de esto era el hecho de que tenía en su haber tantos muertos como duelos. Siempre estaba dándole vueltas al enorme lazo de cinco metros que le acompañaba en sus tardes, sentado en su silla de madera, con su ropaje siempre oscuro y botas marrones de cuero, en el lado derecho de la entrada de su casa, donde podía ver mejor la puerta del saloon.
Nobody solía pasar las noches en el saloon, donde la mujer más hermosa del pueblo, Leonora, bailaba y cantaba. Los vaqueros le silbaban y tiraban piropos, sentados en mesas de poker mientras actuaba. En cambio, él se sentaba solo y permanecía callado. Un maldito día, mientras Leonora acababa su actuación, Jack Gun, el más temido en el pueblo, subió al escenario botella en mano. Cogió a Leonora y se la llevó a la fuerza sobre un hombro. El pianista siguió tocando y un grupo de bailarinas salió al escenario. Nobody destrozó todas las botellas de whisky y luego fue a rescatar a Leonora. Antes de que llegara Jack al caballo para huir con ella, No pudo dispararle al sombrero y hacer que se detuviera.
—Suelta a mi mujer o serás hombre muerto —dijo No, seguro de sí mismo.
—Ya es hora de pudrirte en el cementerio. Tú lo has querido, respondió Jack, tras lanzar al suelo a Leonora.
El frío y una parada repentina del viento comunicaron a los ciudadanos que se acercaba el duelo entre los pistoleros más sanguinarios: Nobody y Jack Gun. Tuvo lugar entre el banco y la guarida del Sheriff, cerca del saloon.
La arena olía a anuncio de muerte. Incluso un ave tan espectacular como temida, sobrevolaba a escasos diez metros de altura toda la extensión de Koninwa con ritmo lento, como acostumbraba el buitre.
Una mano en el cinturón y la otra, la diestra, acariciando el revólver, su Colt 45, más conocido a lo largo y ancho de las llanuras del lejano Oeste como El Pacificador. Cuando una bala entra en el ánima del arma de No, ya no hay vuelta atrás. El ánima es penumbra, párpado cerrado en donde vida y muerte son antítesis ante el veredicto de la sangre: acabar en ninguna parte, o asestar el golpe definitivo que acabara con el latir del adversario. Con la mirada fija haciéndose con la fuerza del tiempo y formando un triángulo mortal entre sus espuelas plateadas y su cintura. Frente a él, a veinte metros, la figura elegante de Jack Gun, con ambas manos sujetando fuerte sus revólveres Colt de la caballería de Estados Unidos, arqueando los brazos y rozando con los pulgares la cartuchera de cuero. Nobody sentía el dolor del mal augurio. Jack guiñó su ojo derecho al tiempo que retumbaba el sonido paralizante de la campana de la iglesia del pueblo.
Un buitre se posó delante del banco. Solo tenía que esperar el disparo que debería de acabar con uno de los dos. Y llegó. Ambos se olvidaron de la causa de su duelo y pasaron a hacer efectiva la consecuencia. La sangre se agolpó en la diestra de Nobody mientras Gun la repartía entre ambas. Estaban inmóviles. Ocurrió lo inesperado. Un disparo, un muerto. Un agujero en la sien y cayó desplomado en el suelo amarillento bañándolo de sangre lentamente. El olor a pólvora y el leve sonido del carroñero avisaron a la gente del pueblo. Todos pudieron ver el desenlace. Jack Gun había muerto. Leonora salió corriendo para avisar a su padre, el sheriff Walter. Ella era dulce y no quería un futuro con No. Walter salió de su despacho y miró con cara de odio.
—Tendrás que irte, No. Matar a un hombre supone la cárcel, pero más importante es mi hija. Márchate —dijo el sheriff nada más salir a la calle con su voz ronca. Expulsó las palabras como si salieran de un enorme cañón, retumbando cada sílaba y dejando un rastro de rotundidad tras ellas.
Entonces No se sacudió los restos de pólvora que habían coloreado su hombro derecho, enfundó el revolver y caminó despacio con la tranquilidad de haber hecho lo que debía. Miró los ojos marrones de su caballo, colocó las monturas y salió hacia las afueras del pueblo.
Nobody cabalgó veinte millas entre la escasa flora de la llanura. Sabía que las palabras del sheriff suponían un no retorno, que por ayudar a una mujer se había convertido en forastero de su pueblo. Se encontró con un hombre sentado en una roca y tocando la armónica. Era John Cara cortada, un fugitivo de la ley. Encendieron una hoguera, cenaron serpiente asada mientras No le contó un plan para acabar con Koninwa. Quería volver a por Leonora.
En la iglesia había un almacén con pólvora como para hacer volar el pueblo. Tenían que encontrar caballos y dinamita para hacerla explotar junto a la que ya había allí. Cara cortada sabía dónde encontrarla, a media milla de donde estaban sentados. Él había sido minero y conocía la zona mejor que nadie. Solo tenían que acabar con diez hombres que custodiaban el lugar día y noche. Así lo hicieron, aprovecharon la poca luz que había al acabar la cena. Mataron a ocho y aprisionaron a los otros dos. Les amarraron las manos e hicieron que guiaran a los caballos cargados con los explosivos. Una vez llegado al último escondite antes de Koninwa, les obligaron a amarrar los caballos cerca de la iglesia y luego huir. El cura vio dos hombres correr y gritó al sheriff para que saliera. El sheriff salió y vio a Nobody acompañado de otro. Avisó a sus ayudantes, y antes de que pudiera volar por los aires la iglesia y el pueblo entero, ya estaban Walter y su cuadrilla listos para acabar con ellos.
Diez contra dos. Todos escondidos fueron gastando balas. La gente cerraba las ventanas y puertas. La puntería haría el resto. Nobody acabó con una herida en el brazo izquierdo, pero John Cara cortada murió. Hubo un duelo a muerte entre el sheriff Walter y No, en el que venció el forastero, No. Fue a por Leonora, la convenció para que huyeran juntos y tuvieran un futuro feliz lejos de allí. Se montaron cada uno en un caballo. Pero a No le faltaba algo que terminar antes de irse. Disparó al montón de explosivos y dejó Koninwa, como está ahora, un siglo después. Derruida.
Leonora y Nobodoy cabalgaron hasta perderse en el horizonte, con la promesa de abandonar aquella costumbre de jugarse la vida en cada instante, criar ganado y crear una familia lejos del salvaje Oeste.
5 jun 2010
Gracias
Ya he hecho mi buena acción del día. Me levanté a las nueve y tomé café con mi padre, que duerme en la habitación de al lado hasta mañana. Pensaba ponerme a recoger... poner lavadora, limpiar cuarto de baño y barrer suelo. Se me cayó la casa encima y huí. Fui a casa de mi padre, veinte minutos en coche. Estaba llegando, me quedaba un minuto para llegar. En el antepenúltimo semáforo, el coche de al lado me hizo señas para preguntarme algo, y en la radio sonaba We weren´t born to follow (no nacimos para seguir). Bajé la ventanilla y el volumen de la canción.
—¿Cómo se llega a Isla mágica? —me preguntó el conductor.
—Tiene que dar la vuelta y no dejar la carretera, que le llevará sentido Huelva hasta una desviación a la derecha a Isla Cartuja. Allí pregunte, que está dentro.
Pasaron pocos segundos, el semáforo estaba en rojo y pensé... “van los padres y un niño a pasar el día al parque de atracciones acuáticas y yo no tengo nada importante que hacer”. Así que en vez de girar a la derecha y seguir mi camino, fui al frente, saqué el brazo para que se pusiera al lado y le dije: “Yo les llevo”. Entonces hice eso, ponerme delante de ellos y guiarlos. Cuando me paré, puse las luces de emergencia y cuando le iba a señalar que a la izquierda estaba la puerta, el hombre salió del coche, corrió un poco y se acercó a mí.
—Ahí está la puerta, ya solo le queda encontrar aparcamiento.
—Gracias, ojalá tuviéramos tiempo para conocernos mejor- me dijo con cara de agradecido.
—Ojalá. Pasadlo bien.
Él volvió a su coche y yo me quedé en silencio, tenía que quitar las luces de emergencia y volver, pero me emocioné. No lloré, pero fue de esas veces que uno se nota el rostro caliente y los ojos apuntito de explotar. Finalmente, tras un suspiro, me fui pensando en aquella frase... “Ojalá tuviéramos tiempo para conocernos mejor”.
—¿Cómo se llega a Isla mágica? —me preguntó el conductor.
—Tiene que dar la vuelta y no dejar la carretera, que le llevará sentido Huelva hasta una desviación a la derecha a Isla Cartuja. Allí pregunte, que está dentro.
Pasaron pocos segundos, el semáforo estaba en rojo y pensé... “van los padres y un niño a pasar el día al parque de atracciones acuáticas y yo no tengo nada importante que hacer”. Así que en vez de girar a la derecha y seguir mi camino, fui al frente, saqué el brazo para que se pusiera al lado y le dije: “Yo les llevo”. Entonces hice eso, ponerme delante de ellos y guiarlos. Cuando me paré, puse las luces de emergencia y cuando le iba a señalar que a la izquierda estaba la puerta, el hombre salió del coche, corrió un poco y se acercó a mí.
—Ahí está la puerta, ya solo le queda encontrar aparcamiento.
—Gracias, ojalá tuviéramos tiempo para conocernos mejor- me dijo con cara de agradecido.
—Ojalá. Pasadlo bien.
Él volvió a su coche y yo me quedé en silencio, tenía que quitar las luces de emergencia y volver, pero me emocioné. No lloré, pero fue de esas veces que uno se nota el rostro caliente y los ojos apuntito de explotar. Finalmente, tras un suspiro, me fui pensando en aquella frase... “Ojalá tuviéramos tiempo para conocernos mejor”.
3 jun 2010
Quiero SER
Quiero ser río que fluye,
de origen a destino, que no huye.
Quiero ser viento que erosiona muro
con la fuerza de mi corazón, puro.
Quiero ser luz en la noche
la voz del silencio sin reproche.
Quiero ser tierra para mi hogar,
constante y abierto como el mar.
Quiero ser sombra de la agitación,
la serenidad del maestro en su predicación.
Quiero ser fuerte,
no dejarme caer en la muerte.
Quiero ser serpiente
y mudar en cada sol naciente.
Quiero ser águila en vuelo
y detenerme en el cielo.
de origen a destino, que no huye.
Quiero ser viento que erosiona muro
con la fuerza de mi corazón, puro.
Quiero ser luz en la noche
la voz del silencio sin reproche.
Quiero ser tierra para mi hogar,
constante y abierto como el mar.
Quiero ser sombra de la agitación,
la serenidad del maestro en su predicación.
Quiero ser fuerte,
no dejarme caer en la muerte.
Quiero ser serpiente
y mudar en cada sol naciente.
Quiero ser águila en vuelo
y detenerme en el cielo.
9 abr 2010
De wimbledon al sofá
En una hora he vivido situaciones comunes que me han hecho reir. Puse la televisión y en Cosmopolitan estaba una película de esas que se sabe todo lo que va a ocurrir, pero que está bien hecha que uno se mete dentro. Wimbledon: amor en juego, creo que se llama. Vaya, la acabo de ver y ya no me acuerdo bien jejejejje Siendo este canal de TV, con las palabras amor y Wimbledon, está claro de qué va. La cosa es que el protagonista estaba a nada de ganar este torneo de tenis, y su amada estaba en la grada. Yo ya casi con la lagrimilla casi saliendo, imaginándome ganando algo, o presentando un libro, y de pronto... "Pepe, ayúdame a doblar sábanas". La mujer que limpia en casa, me hizo toc toc en el corazón, y ni lágrima ni nada. Nos pusimos uno delante del otro, abrimos cada sábana, por aquí por allá, incluso la de abajo que es incomodísima, y no sé por qué no la cambian. Con la de adelantos que hay, y aún mantienen los elásticos en las esquinas de esas que creo que se llaman bajeras.
Luego mi padre me pide que baje a por pan a la baguetería de al lado. Bajé solo en el ascensor, que no tiene un espejo, sino tres. Vamos, que es imposible escaparse de la imagen de uno. A la vuelta de comprar el pan, juego (o al menos eso parece) con un hombre a regatearnos. Nos vimos de lejos, los dos paso al frente, si uno dobla para un lado el otro va para ese, así muchas veces hasta que ya a nada de distancia, a un segundo de chocarnos por no ponernos de acuerdo ¿con la mirada? ¿telepatía? en el lado de cada uno, por fin lo conseguimos. Yo pegado al edificio y él a la carretera.
Volví al ascensor, coincidí con un hombre que iba también al siete, yo al D y él al C. Hola y hasta luego fue nuestra conversación. ¿hasta luego? Una de esas expresiones tontas que usamos por educación. Ya arriba, mientras buscaba las llaves del piso, una mujer salía de otra puerta. la saludé y ella......................................... no. No le estaba pidiendo sal ni nada de eso jejejeje solo un hola.
ya de vuelta a casa, se cerró el círculo como debía ser, en el sofá delante de la tele.
Luego mi padre me pide que baje a por pan a la baguetería de al lado. Bajé solo en el ascensor, que no tiene un espejo, sino tres. Vamos, que es imposible escaparse de la imagen de uno. A la vuelta de comprar el pan, juego (o al menos eso parece) con un hombre a regatearnos. Nos vimos de lejos, los dos paso al frente, si uno dobla para un lado el otro va para ese, así muchas veces hasta que ya a nada de distancia, a un segundo de chocarnos por no ponernos de acuerdo ¿con la mirada? ¿telepatía? en el lado de cada uno, por fin lo conseguimos. Yo pegado al edificio y él a la carretera.
Volví al ascensor, coincidí con un hombre que iba también al siete, yo al D y él al C. Hola y hasta luego fue nuestra conversación. ¿hasta luego? Una de esas expresiones tontas que usamos por educación. Ya arriba, mientras buscaba las llaves del piso, una mujer salía de otra puerta. la saludé y ella......................................... no. No le estaba pidiendo sal ni nada de eso jejejeje solo un hola.
ya de vuelta a casa, se cerró el círculo como debía ser, en el sofá delante de la tele.
21 mar 2010
El hombre de la piedra redonda
Un hombre condenao de por vía
a subí por la montaña una piedra...
un fuerte, valiente y sabio dejando abajo
su gente, su ropa, su vía.
Va rodando su piedra redonda,
va viendo la vía en sírculos...
el levantá suave y paseo elegante de la luna,
el ciclo de vía del cultivo,
el Hombre nasiendo, muriendo y resusitando.
Nunca llegará a la sima,
pues ya está en ella.
a subí por la montaña una piedra...
un fuerte, valiente y sabio dejando abajo
su gente, su ropa, su vía.
Va rodando su piedra redonda,
va viendo la vía en sírculos...
el levantá suave y paseo elegante de la luna,
el ciclo de vía del cultivo,
el Hombre nasiendo, muriendo y resusitando.
Nunca llegará a la sima,
pues ya está en ella.
5 mar 2010
El juego del ascensor
El ascensor, ese pequeño habitáculo en el que suceden hechos misteriosos. ¿Se han parado a pensar en lo complicado que somos cuando entramos en él? ¿por qué es más fácil ocupar el espacio cuando hay cuatro personas en vez de tres?
Si estamos dos personas, esperando a que llegue el gran momento de ubicarse, todo es sencillo, con un simple “pase usted primero” o directamente esperar a que pase el otro, como si fueramos un guardaespaldas es bastante, pues cada uno se pone en un lado y punto, previo paso por los botones. Uy, los botones, qué tendrán que nos emboban ya sean antiguos, modernos, quemados, relucientes... da igual, cuando se cierra la puerta, los dos a mirarlo.
Si estamos cuatro, también es sencilla la operación. “Vayan pasando al fondo” parece que dice una voz en off, y uno a uno, nos colocamos (como si estuvieramos en el hundimiento del Titanic) primero niños y mujeres, y luego lo sobrante, como un engranaje: el primero al fondo a la izquierda, el segundo a su derecha, cuando llega el tercero se rota y el primero da un paso al frente y el segundo lo hace lateralmente, ocupando su anterior sitio el nuevo ocupante. El último lo tiene sencillo, solo tiene un hueco. Pero todos estamos tan centrados en no quedarnos fuera que se nos olvida tocar el botón. Puede que el último, que lo tiene al lado, le de al suyo y listo, o puede que pregunte a los demás, o cada uno lo intente a su manera, librándose una batalla absurda por ser el primero el tocar. Como cuando éramos pequeños y jugábamos al esconder entre amigos, o al Un, dos, tres, pollito inglés. Todos apretados y sin hablar, nofuera a quedarse el ascensor parado y necesitemos oxígeno.
Si estamos tres, la cosa se pone chunga. Cuando se ve que va a llegar a abrirse el ascensor, hay que tomar posición para no ser el segundo, que tiene la decisión más importante. El primero, va al fondo y ladea según vea venir al segundo, que durante unos segundos no decide si derecha o izquierda, adelante o atrás. Yo, cuando soy el segundo, lo que hago es colocarme frente a los hipnotizadores botones para disfrutar de lo divertido de ver cambiar los números u oir el ruidito de cada vez que sube un piso. El tercero, se coloca al lado del primero, haya el hueco que haya.
Si voy solo, la libertad, extraña libertad. ¿miro al espejo, a los botones, reviso la puerta, busco las llaves de la casa o cojo el móvil? Difícil decisión. Yo hago eso por este orden y me quedo en el centro para disfrutar de la soledad en mis pocos segundos de gloria.
Si estamos dos personas, esperando a que llegue el gran momento de ubicarse, todo es sencillo, con un simple “pase usted primero” o directamente esperar a que pase el otro, como si fueramos un guardaespaldas es bastante, pues cada uno se pone en un lado y punto, previo paso por los botones. Uy, los botones, qué tendrán que nos emboban ya sean antiguos, modernos, quemados, relucientes... da igual, cuando se cierra la puerta, los dos a mirarlo.
Si estamos cuatro, también es sencilla la operación. “Vayan pasando al fondo” parece que dice una voz en off, y uno a uno, nos colocamos (como si estuvieramos en el hundimiento del Titanic) primero niños y mujeres, y luego lo sobrante, como un engranaje: el primero al fondo a la izquierda, el segundo a su derecha, cuando llega el tercero se rota y el primero da un paso al frente y el segundo lo hace lateralmente, ocupando su anterior sitio el nuevo ocupante. El último lo tiene sencillo, solo tiene un hueco. Pero todos estamos tan centrados en no quedarnos fuera que se nos olvida tocar el botón. Puede que el último, que lo tiene al lado, le de al suyo y listo, o puede que pregunte a los demás, o cada uno lo intente a su manera, librándose una batalla absurda por ser el primero el tocar. Como cuando éramos pequeños y jugábamos al esconder entre amigos, o al Un, dos, tres, pollito inglés. Todos apretados y sin hablar, nofuera a quedarse el ascensor parado y necesitemos oxígeno.
Si estamos tres, la cosa se pone chunga. Cuando se ve que va a llegar a abrirse el ascensor, hay que tomar posición para no ser el segundo, que tiene la decisión más importante. El primero, va al fondo y ladea según vea venir al segundo, que durante unos segundos no decide si derecha o izquierda, adelante o atrás. Yo, cuando soy el segundo, lo que hago es colocarme frente a los hipnotizadores botones para disfrutar de lo divertido de ver cambiar los números u oir el ruidito de cada vez que sube un piso. El tercero, se coloca al lado del primero, haya el hueco que haya.
Si voy solo, la libertad, extraña libertad. ¿miro al espejo, a los botones, reviso la puerta, busco las llaves de la casa o cojo el móvil? Difícil decisión. Yo hago eso por este orden y me quedo en el centro para disfrutar de la soledad en mis pocos segundos de gloria.
2 mar 2010
Segundos eternos
Hay segundos que se hacen eternos, como aquel con el que conocí el suspense y que me ha marcado hasta hoy. Aún tiemblo cuando vivo algo que me recuerde a ese momento de “López Saldaña, José Joaquín”.
Me refiero a la época de estudiante de colegio e Instituto. Creo que a los profesores los preparan en alguna cueva perdida, como la que seguro que se esconde Bin Laden, que el resto de mortales ignoramos. Supongo que accederán desde el salón de reuniones, porque si pone que solo pueden pasar ellos será por algo, además se les puede ver entrar pero rara vez salir, y si lo hacen es con prisa.Bajo la mesa largísima que está en el centro, tiene que haber una trampilla y en el lugar más lejano de la puerta, un paragüero con antonchas para los pasadizos secretos. Esta asignatura de magisterio se llama “Psicología del alumnado” y el maestro de maestros, alguien con mucha güasa.
Yo fui un mal estudiante, tanto, tanto, que estaban pensando en ponerme una estatua en el patio, y su razón tenía, pues no era gamberro, simplemente que eso de estudiar lo mismo que los demás no me atraía mucho. Lo que hacía era sentarme en la última fila, charlar con mi compañero sobre fútbol y compañeras o escribir mis paranoyas literarias. No hacía ruido y por eso lo mejor era una estatua, aunque en la placa no sé qué pondrían. Quizá: El alumno que menos molestaba y más repetía que ha pasado por el Insituto Fernando de Herrera. Volviendo al principio, el verdadero sentido del suspense lo conocí en 7º de E.G. B. en el colegio Claret.
Cuando empezaba el curso nos sentaban por orden de lista, y yo más o menos estaba en el medio (número 18-21 de 42 alumnos). Mi compañero de pupitre, Juan Manuel López Sanchez, era un empollón de verdad, de esos que siempre saben lo que les pregunte la profesora y además buena gente. Por ejemplo, clase de Ciencias Sociales, la señorita Begoña (muy bajita, con gafas, acento del norte, morena, voz dictatorial) con su mesa pegada a la ventana y en el lado opuesto a la puerta, con la foto del Rey, San Antonio María Claret y un crucifijado, como adornos de las paredes, y lista de alumnos sobre sus pequeñas manos. ¿quién se ha estudiado la lección? Todos levantamos la mano, evidentemente. Habría que ser tonto para no hacerlo. Normalmente, en decir dos apellidos no se tardaba más de tres segundos, pero ella lo hacía muy largo. Ló (aquí ya la mayoría de los niños respiraban y sonreían) pez (uf, de esta no me libro- pensaba yo), Sal (entre Sánchez y Saldaña había poca diferencia, pero ya mi corazón se aceleraba y no por amor precisamente), daña (rojo como un tomate y esperando una bronca) a la pizarra, es decir, tocaba hacer el ridículo delante de mis compañeros. Primero miraba a todos, por si había otro con mi nombre, luego a la ventana, por si era el fin del mundo, después al crucifijo por si se caía y me libraba, pero ni dios lo consiguió.
- A ver, ¿has estudiado la lección, José Joaquín?
- Sí, señorita.
(cualquiera se daba por vencido antes de tiempo)
- Hábleme del Neolítico.
Pues, el Neolítico pertenece a la Prehistoria, se divide en bajo, medio y alto
- No has estudiado nada, ¿por qué me haces perder el tiempo?
(aquí aprendí que el silencio es la mejor respuesta)
- Es que esa parte me la salté.
-Anda, siéntate, y estudia.
En este momento, me tocaba respirar, ya me podía ir a mi sitio, con la cabeza baja, para ver la que le caía a otro. Desde aquel año, el tiempo no es lo mismo, y cuando estoy en algún lugar en el que doy mi nombre, ya sea para la camilla de la rehabilitación o para estar en alguna sala de espera, digo José Joaquín. Como el cuerpo tiene memoria, antes de que acaben de decir mi nombre, ya estoy con el corazón a cien y levantado.
Me refiero a la época de estudiante de colegio e Instituto. Creo que a los profesores los preparan en alguna cueva perdida, como la que seguro que se esconde Bin Laden, que el resto de mortales ignoramos. Supongo que accederán desde el salón de reuniones, porque si pone que solo pueden pasar ellos será por algo, además se les puede ver entrar pero rara vez salir, y si lo hacen es con prisa.Bajo la mesa largísima que está en el centro, tiene que haber una trampilla y en el lugar más lejano de la puerta, un paragüero con antonchas para los pasadizos secretos. Esta asignatura de magisterio se llama “Psicología del alumnado” y el maestro de maestros, alguien con mucha güasa.
Yo fui un mal estudiante, tanto, tanto, que estaban pensando en ponerme una estatua en el patio, y su razón tenía, pues no era gamberro, simplemente que eso de estudiar lo mismo que los demás no me atraía mucho. Lo que hacía era sentarme en la última fila, charlar con mi compañero sobre fútbol y compañeras o escribir mis paranoyas literarias. No hacía ruido y por eso lo mejor era una estatua, aunque en la placa no sé qué pondrían. Quizá: El alumno que menos molestaba y más repetía que ha pasado por el Insituto Fernando de Herrera. Volviendo al principio, el verdadero sentido del suspense lo conocí en 7º de E.G. B. en el colegio Claret.
Cuando empezaba el curso nos sentaban por orden de lista, y yo más o menos estaba en el medio (número 18-21 de 42 alumnos). Mi compañero de pupitre, Juan Manuel López Sanchez, era un empollón de verdad, de esos que siempre saben lo que les pregunte la profesora y además buena gente. Por ejemplo, clase de Ciencias Sociales, la señorita Begoña (muy bajita, con gafas, acento del norte, morena, voz dictatorial) con su mesa pegada a la ventana y en el lado opuesto a la puerta, con la foto del Rey, San Antonio María Claret y un crucifijado, como adornos de las paredes, y lista de alumnos sobre sus pequeñas manos. ¿quién se ha estudiado la lección? Todos levantamos la mano, evidentemente. Habría que ser tonto para no hacerlo. Normalmente, en decir dos apellidos no se tardaba más de tres segundos, pero ella lo hacía muy largo. Ló (aquí ya la mayoría de los niños respiraban y sonreían) pez (uf, de esta no me libro- pensaba yo), Sal (entre Sánchez y Saldaña había poca diferencia, pero ya mi corazón se aceleraba y no por amor precisamente), daña (rojo como un tomate y esperando una bronca) a la pizarra, es decir, tocaba hacer el ridículo delante de mis compañeros. Primero miraba a todos, por si había otro con mi nombre, luego a la ventana, por si era el fin del mundo, después al crucifijo por si se caía y me libraba, pero ni dios lo consiguió.
- A ver, ¿has estudiado la lección, José Joaquín?
- Sí, señorita.
(cualquiera se daba por vencido antes de tiempo)
- Hábleme del Neolítico.
Pues, el Neolítico pertenece a la Prehistoria, se divide en bajo, medio y alto
- No has estudiado nada, ¿por qué me haces perder el tiempo?
(aquí aprendí que el silencio es la mejor respuesta)
- Es que esa parte me la salté.
-Anda, siéntate, y estudia.
En este momento, me tocaba respirar, ya me podía ir a mi sitio, con la cabeza baja, para ver la que le caía a otro. Desde aquel año, el tiempo no es lo mismo, y cuando estoy en algún lugar en el que doy mi nombre, ya sea para la camilla de la rehabilitación o para estar en alguna sala de espera, digo José Joaquín. Como el cuerpo tiene memoria, antes de que acaben de decir mi nombre, ya estoy con el corazón a cien y levantado.
26 feb 2010
El diablo
Acaricia mis hombros desde atrás,
besa mi cuello y desciende suave
erizando a la piel a su paso.
Al infierno me lleva con ojos vendados,
ahí me suelta,
desaparece,
y solo siento recuerdos de un tiempo
en que vivió en mí.
En el mundo de energías,
solo cada día es único
besa mi cuello y desciende suave
erizando a la piel a su paso.
Al infierno me lleva con ojos vendados,
ahí me suelta,
desaparece,
y solo siento recuerdos de un tiempo
en que vivió en mí.
En el mundo de energías,
solo cada día es único
De rabona con mi padre
Lo de hace unas semanas fue gracioso, con arte. Normalmente, después de la sagrada siesta, mi padre me lleva a la rehabilitación, va a sus ejercicios de respiración y luego me recoge. Pues al montarnos en el coche, le digo: Padre, yo no tengo ninguna gana de ir a la tortura (rehabilitación). Total, que decidimos hacer rabona (dícese del hecho de faltar a una obligación aun sabiendo que te vas a sentir mal) y nos ponemos a pensar en adonde vamos. A este barrio no porque nos pueden ver mis hermanas, a este otro no porque pasar su mujer... y así hasta que encontramos un sitio para nuestra rabona de dos horas. La gracia está en que no se entere nadie. Pues todo bien, charlamos, no sé qué no sé cuanto y al fondo veo a mis hermanas. Cunde el pánico entre nosotros, intento levantarme para escondernos pero ya es tarde. Se descubre el pastel. No hay salida, hay que inventarse algo para que no empiecen con aquello de "no vais a lo vuestro y no venís a verno. Mu bonito". Pero mi padre estuvo ágil. Se inventó algo y coló.
Yo he hecho muchas rabonas de pequeño para no ir al cole, pero nunca pensé que la haría con mi padre jejejjejej
Yo he hecho muchas rabonas de pequeño para no ir al cole, pero nunca pensé que la haría con mi padre jejejjejej
26 ene 2010
Pesca de altura y bajura
"A río revuelto, ganancia de pescadores", dice el refranero popular. Es una pena tener que asociar los desastres naturales con bancos y nunca pensé tener que hacerlo en sentido negativo, hasta llegar a la indignación por algo legal, sí, pero deshumanizante.
los bancos son empresas, claro, dirigidas por personas tan abstraídas del mundo y sus valores, que uno se ríe cuando supone de antemano que deben tener empatía con el resto de mortales que para ellos son solo clientes.
Con lo de los suelos de las hipotecas (comprensible en su momento), ya se les notaba estar más cerca de los papeles de colores y sus números que de las personas y sus problemas. Lo de Haití sí que no lo esperaba. Seguramente la persona que done algo para ayudar a la reconstrucción a corto plazo, tenga el miedo lógico de no estar seguro de que el dinero llegue donde tiene que llegar, puesto que ya sabemos que el camino es tan largo que puede ir perdiéndose poco a poco o de golpe. Cobrar comisiones es de... se han colado tres pueblos y encima la solución que dan es de risa: Todo aquel que reclame el dinero de la comisión se le devolverá. ¿De veras creen que todos van a ir? Primero, habrá gente a la que le salga más caro reclamar que quedarse con la cara de tonto. Segundo, si el error, mal gesto, hecho deplorable o como se le quiera llamar parte de ellos, considero que deberían dar más facilidades. Y tercero, con lo rápido que aparece en el ordenador una cuenta en negativo y te llaman para recordártelo, seguro que saben la manera de devolver automaticamente la cantidad correspondiente a la comisión cobrada.
Creo que sus cabezas para lo que da es para advertir que "El quiera peces que se moje el culo". Qué pena de mundo y de dinero.
los bancos son empresas, claro, dirigidas por personas tan abstraídas del mundo y sus valores, que uno se ríe cuando supone de antemano que deben tener empatía con el resto de mortales que para ellos son solo clientes.
Con lo de los suelos de las hipotecas (comprensible en su momento), ya se les notaba estar más cerca de los papeles de colores y sus números que de las personas y sus problemas. Lo de Haití sí que no lo esperaba. Seguramente la persona que done algo para ayudar a la reconstrucción a corto plazo, tenga el miedo lógico de no estar seguro de que el dinero llegue donde tiene que llegar, puesto que ya sabemos que el camino es tan largo que puede ir perdiéndose poco a poco o de golpe. Cobrar comisiones es de... se han colado tres pueblos y encima la solución que dan es de risa: Todo aquel que reclame el dinero de la comisión se le devolverá. ¿De veras creen que todos van a ir? Primero, habrá gente a la que le salga más caro reclamar que quedarse con la cara de tonto. Segundo, si el error, mal gesto, hecho deplorable o como se le quiera llamar parte de ellos, considero que deberían dar más facilidades. Y tercero, con lo rápido que aparece en el ordenador una cuenta en negativo y te llaman para recordártelo, seguro que saben la manera de devolver automaticamente la cantidad correspondiente a la comisión cobrada.
Creo que sus cabezas para lo que da es para advertir que "El quiera peces que se moje el culo". Qué pena de mundo y de dinero.
21 ene 2010
La ilustre víctima y el pobre asesino
La ilustre víctima sueña entre pasos
de dama goyesca y sonrisas de papel,
el pobre asesino deambula como puede
entre bancos y periódicos tirados.
Con el sol cubriendo hojas muertas
(palabras dichas en el cementerio del olvido)
cruzan mundos, miradas, negros y blancos.
Se despiden silenciosos,
él lleva la riqueza de la dama
ella la triste mirada asesina.
No hay buenos ni malos,
solo imaginación de quien todo tiene
de dama goyesca y sonrisas de papel,
el pobre asesino deambula como puede
entre bancos y periódicos tirados.
Con el sol cubriendo hojas muertas
(palabras dichas en el cementerio del olvido)
cruzan mundos, miradas, negros y blancos.
Se despiden silenciosos,
él lleva la riqueza de la dama
ella la triste mirada asesina.
No hay buenos ni malos,
solo imaginación de quien todo tiene
La maestra
Una lágrima traduce sentimientos positivos
y negativos
un diccionario con colores en portada,
es unión entre cuerpo y alma
explosión incontenible,
la gran verdad,
el suspiro no silenciable,
el grito entre carreras por la ciudad,
el rugido del león indomable
y negativos
un diccionario con colores en portada,
es unión entre cuerpo y alma
explosión incontenible,
la gran verdad,
el suspiro no silenciable,
el grito entre carreras por la ciudad,
el rugido del león indomable
30 dic 2009
28 dic 2009
Por la ciudad entre semáforos
Camina por las calles
contando sílabas
poemas en los bolsillos
espadas envainadas
La vida en verso
contando sílabas
poemas en los bolsillos
espadas envainadas
La vida en verso
El artista
Defiende tu verdad, el rojo pinta negro,
tu público aplaude con pupilas al cielo.
Sobre el tejado viven los que te sienten dentro,
son ellos, sois vosotros, el artista y sus dedos
tu público aplaude con pupilas al cielo.
Sobre el tejado viven los que te sienten dentro,
son ellos, sois vosotros, el artista y sus dedos
23 dic 2009
Ausencia
...
Y ahora cómo se vive,
-me pregunto ya sin ti-
y ahora quién recita mis versos,
-me pregunta el poema-
...
Y ahora cómo se vive,
-me pregunto ya sin ti-
y ahora quién recita mis versos,
-me pregunta el poema-
...
14 dic 2009
A mi rodilla izquierda
Cuidaste de mí desde el silencio,
todos los halagos para tu hermana,
y ahora me siento necio,
no sabía que de ti abusaba.
Juntos ganamos a diez mil,
ocho kilómetros y una copa.
Tú, de la corte arlequín,
y yo, ignorante, la luz anfitriona.
Has explotado, toca mimarte,
sin menisco, atado por la memoria
de un muerto, y sin poder ayudarme.
Te regalo mi cariño, mis manos,
ahora yo te cuido,
ahora yo te halago.
cada día acaricio tu pelo,
te enseño a andar,
no caerás en agujero.
Contigo he conocido una amiga,
con ella te comparto,
es la alegría de tu día,
pórtate bien, soy tu aliado.
todos los halagos para tu hermana,
y ahora me siento necio,
no sabía que de ti abusaba.
Juntos ganamos a diez mil,
ocho kilómetros y una copa.
Tú, de la corte arlequín,
y yo, ignorante, la luz anfitriona.
Has explotado, toca mimarte,
sin menisco, atado por la memoria
de un muerto, y sin poder ayudarme.
Te regalo mi cariño, mis manos,
ahora yo te cuido,
ahora yo te halago.
cada día acaricio tu pelo,
te enseño a andar,
no caerás en agujero.
Contigo he conocido una amiga,
con ella te comparto,
es la alegría de tu día,
pórtate bien, soy tu aliado.
11 nov 2009
Entre silencios y risas
Por la izquierda me adelanta el sol
a la derecha girasoles callados,
delante de mí el océano brama,
arriba la luna observa
y detrás el rollo de mi película.
Soy to lo tocao, to lo leío
lo visto y sentío.
Vivo del vocabulario del corazón,
de las páginas del tiempo
que ríe y llora conmigo,
que se ríe de mí.
a la derecha girasoles callados,
delante de mí el océano brama,
arriba la luna observa
y detrás el rollo de mi película.
Soy to lo tocao, to lo leío
lo visto y sentío.
Vivo del vocabulario del corazón,
de las páginas del tiempo
que ríe y llora conmigo,
que se ríe de mí.
24 sept 2009
El trapecista
Público expectante en sus asientos,
el trapecista mueve un pie, alza una mano,
la otra abajo. Con dudas, sin redes
bailan sus brazos, su mundo,
público inmóvil,
el maquillaje no le salva, suda,
expulsa sus temores,
no hay red, da igual,
todo fue un mal sueño.
Se levanta y comprende...
un paso más del alquimista
el trapecista mueve un pie, alza una mano,
la otra abajo. Con dudas, sin redes
bailan sus brazos, su mundo,
público inmóvil,
el maquillaje no le salva, suda,
expulsa sus temores,
no hay red, da igual,
todo fue un mal sueño.
Se levanta y comprende...
un paso más del alquimista
23 sept 2009
Dejame dejarte
Te dejaré pasar por mi ventana
si vuelas silenciosa,
te quitaré las botas altas rojas
si eres mujer dudosa,
llevaré un hielo por tu cuerpo desnudo
si ves la luna borrosa,
entraré en tu hermoso jardín
si no eres ansiosa.
si vuelas silenciosa,
te quitaré las botas altas rojas
si eres mujer dudosa,
llevaré un hielo por tu cuerpo desnudo
si ves la luna borrosa,
entraré en tu hermoso jardín
si no eres ansiosa.
17 sept 2009
Estulticia
Como gota de rocío, llegaste a mi mano,
inundaste mi cuerpo, fui tal vez artesano
de tu amor, de tu mente. Por una vez Cyrano
no fue espadachín, ni murió en vano.
Su último delirio, su poema veneciano,
resucitó mi voz. Estulto escribano.
inundaste mi cuerpo, fui tal vez artesano
de tu amor, de tu mente. Por una vez Cyrano
no fue espadachín, ni murió en vano.
Su último delirio, su poema veneciano,
resucitó mi voz. Estulto escribano.
14 sept 2009
Nacimiento de Gol tv
Nace Goltv, el paraíso soñado por los amantes del deporte rey, 24 horas delante del televisor, el pastel para desconectar de la crisis y su rémoras. ¿Para desconectar? ¿Así de buenos son?
Empecemos por el principio. Goltv lo crea Lasexta, cadena que no se fusiona con Cuatro. ¿Por qué perder receptores del mensaje socialista en estos tiempos? No hay razón para ello sino para todo lo contrario. ¿Suena de algo "todo para el pueblo pero sin el pueblo? Pues eso, que manteniendo la mente ocupada en placeres como el fútbol, la opción de una protesta abierta con pancartas o antorchas se difumina o eso pretenden. Cuatro cuenta con digital plus, los mejores comentaristas de fútbol y Lasexta con goltv, partidos de todas las ligas, copas y torneos internacionales. Efectivamente no se fusionaron legalmente, pero promueven una sinergia como brazo invisible del gobierno.
El plan es bueno pero dadas la dificultades para conseguir ver Goltv, creo que no les funcionará.
Empecemos por el principio. Goltv lo crea Lasexta, cadena que no se fusiona con Cuatro. ¿Por qué perder receptores del mensaje socialista en estos tiempos? No hay razón para ello sino para todo lo contrario. ¿Suena de algo "todo para el pueblo pero sin el pueblo? Pues eso, que manteniendo la mente ocupada en placeres como el fútbol, la opción de una protesta abierta con pancartas o antorchas se difumina o eso pretenden. Cuatro cuenta con digital plus, los mejores comentaristas de fútbol y Lasexta con goltv, partidos de todas las ligas, copas y torneos internacionales. Efectivamente no se fusionaron legalmente, pero promueven una sinergia como brazo invisible del gobierno.
El plan es bueno pero dadas la dificultades para conseguir ver Goltv, creo que no les funcionará.
3 sept 2009
El camino de mi vida
Paseo por mi senda, aquí nadie pisa,
un búho, un silencio, paraliza mi prisa.
acecha la serpiente, comienza la contienda
me ataca y la mato, espero me comprenda.
Arena en mi maleta, árboles en mis brazos ,
necesito sus sombras, esparzo sus pedazos,
más camino en mi senda, más palabras de arena,
más folios, más oasis. Mudo mi piel morena,
desnudo ando y ando, búhos hay en mis ramas,
serenos me serenan, si vuelan ardo en llamas.
Aprendo de la muerte, soñadora serpiente,
leo la luz de los árboles, sus ramas mi afluente.
Combato los oasis, desiertos de mi vida,
recojo más arena, maleta bienvenida.
un búho, un silencio, paraliza mi prisa.
acecha la serpiente, comienza la contienda
me ataca y la mato, espero me comprenda.
Arena en mi maleta, árboles en mis brazos ,
necesito sus sombras, esparzo sus pedazos,
más camino en mi senda, más palabras de arena,
más folios, más oasis. Mudo mi piel morena,
desnudo ando y ando, búhos hay en mis ramas,
serenos me serenan, si vuelan ardo en llamas.
Aprendo de la muerte, soñadora serpiente,
leo la luz de los árboles, sus ramas mi afluente.
Combato los oasis, desiertos de mi vida,
recojo más arena, maleta bienvenida.
1 sept 2009
El folio
Soy papel en blanco esperando los grilletes
o un guión escrito por el gran iluso,
muchos me llaman diablo
y me queman vivo.
Soy del barco pirata, su capitán,
(secuestro sueños y utopías)
soy del alquimista, mar brava,
que no haya respuestas,
sino ventanas y tachaduras.
Predico la paz aterradora,
intento huir de seres superiores,
pero no tengo voz,
solo poder invisible,
la ilusión del analfabeto.
o un guión escrito por el gran iluso,
muchos me llaman diablo
y me queman vivo.
Soy del barco pirata, su capitán,
(secuestro sueños y utopías)
soy del alquimista, mar brava,
que no haya respuestas,
sino ventanas y tachaduras.
Predico la paz aterradora,
intento huir de seres superiores,
pero no tengo voz,
solo poder invisible,
la ilusión del analfabeto.
14 ago 2009
Mandamientos de un pistolero
respiro según mi ánima,
mi familia es mi caballo,
nadie espera en casa
no tengo más colchón que cadáveres
no he nacido para criar ganado, sino cruces
cada porción de tierra puede ser buena trinchera
creo en mí como creador de todas las cosas
el alcohol es agua
el amigo es el último enemigo
el dolar es mi sol y cada bala un día de luna llena
mi familia es mi caballo,
nadie espera en casa
no tengo más colchón que cadáveres
no he nacido para criar ganado, sino cruces
cada porción de tierra puede ser buena trinchera
creo en mí como creador de todas las cosas
el alcohol es agua
el amigo es el último enemigo
el dolar es mi sol y cada bala un día de luna llena
3 ago 2009
tauromaquia
Por decreto, homosexual,
becerro entre hombres vivirás,
ya grabaron a fuego
tu muerte, vida y testamento.
Viviste la paz, no quisieron detenerte
otros llevan tu semen,
corrías, dormías y soñabas si querías.
Todo armonía. Tu vida, tu día.
Llega tu hora, todos aplauden
quieren que defraudes
no lo intentes, es absurdo
ya está listo tu verdugo.
Llega tu hora, todos enchaquetados
tú desnudo, él armado
a puerta gallola y con luces,
no lo intentes, no te acuses.
1, 2 y 3 y media verónica,
tus carreras agónicas,
4, 5 y 6 y sale el picador,
no eres más que sudor,
7, 8 y 9 y a escena banderilleros,
rojo y negro tu cuerpo lleno
10, 11 y 12 y suena la orquesta,
silencio en la dehesa,
13, 14 y 15 y te enseñan el capote,
no hay luz ni horizonte,
16, 17 y 18, él la espada,
quiere más, no hay palabra,
20 y 21, no oyes la multitud,
ni siquiera tienes ataúd,
23 y 24, ya eres carne,
otro iluso nace.
becerro entre hombres vivirás,
ya grabaron a fuego
tu muerte, vida y testamento.
Viviste la paz, no quisieron detenerte
otros llevan tu semen,
corrías, dormías y soñabas si querías.
Todo armonía. Tu vida, tu día.
Llega tu hora, todos aplauden
quieren que defraudes
no lo intentes, es absurdo
ya está listo tu verdugo.
Llega tu hora, todos enchaquetados
tú desnudo, él armado
a puerta gallola y con luces,
no lo intentes, no te acuses.
1, 2 y 3 y media verónica,
tus carreras agónicas,
4, 5 y 6 y sale el picador,
no eres más que sudor,
7, 8 y 9 y a escena banderilleros,
rojo y negro tu cuerpo lleno
10, 11 y 12 y suena la orquesta,
silencio en la dehesa,
13, 14 y 15 y te enseñan el capote,
no hay luz ni horizonte,
16, 17 y 18, él la espada,
quiere más, no hay palabra,
20 y 21, no oyes la multitud,
ni siquiera tienes ataúd,
23 y 24, ya eres carne,
otro iluso nace.
29 jul 2009
Soy sioux

Llegael momento del señor de la guerra
de coger barroy pintarme la piel,
grito desde la colina que sé cantar,
aalguien le llegará mi voz sin gallos.
ando desnudo subiendo la gran montaña,
no llevo más queun taparrabo, tres plumas
un arco y tres flechas en laespalda,
las nubes me llevan a la cima.
aquí, arriba se ven los fuegos de los vaqueros,
las dunas y serpientes disfrazadas con papel
deexperiencia, fechas y adn.
comienzo la bajada y a cien metros me paro,
inspiro fuerte, respiro suave,
alzo los brazos, le habloal sol
y camino hasta que una bala me atraviese.
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